LIBRO QUEMADO

LIBRO QUEMADO

Leía con entusiasmado fervor aquel libro. Las páginas se sucedían raudas ante mis ojos; las pasaba velozmente, interesado, apasionado por las bellas letras que me ofrecía. Al mismo tiempo, sin embargo, sentía un cierto temor, una paradójica angustia que siempre me ha entrado cada vez que gozo de una obra; y era el hecho de saber que algún día, en algún momento, la acabaría; y que, cuanto más y más rápido la leyera, antes se precipitaría el temido final. Así, mi comportamiento quizá se asemejaba al de un enfermo terminal que, consciente de lo que le espera, prefiere vivir al máximo cada instante.

Pero de momento era medianamente afortunado. Aún me quedaba más de la mitad del libro, y continuaba leyendo, con el consuelo de que aún me quedaría una semana. Una semana más de vida. Sin embargo, cuando pasé la siguiente hoja me asaltó un escalofrío. Las páginas sucesivas no eran más que índices, notas y propaganda de otros libros de la editorial.

Cerré entonces las tapas y empecé a llorar, tras comprender apenadamente que el tiempo se me había escapado, que ya no había marcha atrás posible, y que ése era el final de la historia. De mi historia. Ya no había más capítulos en mi existencia tempranamente aniquilada; todos habían sido tempranamente arrancados por alguna sádica mano iletrada que se recreaba en su actitud inquisitorial de mutilar libros, de privarlos de finales dignos y devolverlos a las estanterías moribundos.

Mas por suerte volví a despertar. Es lo bueno de tener el sueño partido, aunque luego me cueste un grandísimo esfuerzo recuperarlo y me asalten pensamientos de esa vivencia tan real, de ese presagio funesto, de ese libro prontamente finado, cuando pensaba haber llegado a su ecuador.

En realidad, es la otra paradoja en que vivo desde hace ya años, o acaso la misma; lo ignoro: estar angustiado por una vida que me ha defraudado, que para nada responde a mis expectativas, sino que, lejos de hacerlo, me golpea con saña. Cada día más cansado, quisiera tener el valor para acabar con ella, cerrar el libro, quemarlo. Pero soy incapaz. Entonces me abandono, procuro acelerar el fatídico momento, aunque atorado, sin querer irme sin gozar siquiera un poquito. Sé que no será posible, pero me niego a aceptarlo, y me muevo en la indecisión, en medio de mi campo de tinieblas.

 

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

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