UN HERMOSO SUEÑO

UN HERMOSO SUEÑO

Siempre se había dicho que aquellas palabras construirían una sólida muralla, una fortaleza inexpugnable de robustas paredes tras las cuales se refugiarían sus lacerados corazones, que tras un solitario vagar parecían haber encontrado el compañero idóneo con el que recorrer el resto del camino, esa persona con la que compartir lágrimas y abrazos, reproches y secretos, y que llenara sus vacíos. Sus almas extraviadas por fin hallaban la ansiada calma bajo la cálida lumbre de sus versos, fieles mensajeros, que con sus tiernas letras les devolvían la ilusión por la vida. Pues parecía profundo y sincero sentimiento el que los sujetaba, el que unía sus espíritus errantes. Amor inquebrantable, pues iba más allá del cuerpo, hasta la misma raíz de las entrañas.

Nunca imaginó que algún día se apagaría la ardiente llama que con tanta fuerza tiempo atrás había resplandecido y que volverían a nublarse sus tristes ojos pardos; que arreciaría con fuerza la tormenta en su interior cada vez que la recordara; que sus mejillas volverían a inundarse de amargas aguas, que regresarían los días de oscuras tinieblas, que los gélidos vientos lo sacudirían con violencia.

Ahora sólo le quedaba una vieja carpeta, sagrado santuario donde guardaba el valioso legado de todos aquellos momentos, los dulces poemas que ella le había escrito, plasmados en un papel ya amarillento, raído por el paso del tiempo. Leía aquellas líneas y al instante se convulsionaba, víctima de los duros azotes de la nostalgia. De sus ojos humedecidos brotaban pasadas lágrimas que se precipitaban sobre el malogrado lienzo; empañaban las románticas palabras y se corría la tinta; se morían los versos. Las letras se entrelazaban, ya deformes y sin sentido, y se confundían, como antes sus cuerpos. Se esparcía la tinta de los versos. Versos sangrantes, última reliquia de un sentimiento que había sido eterno y que ahora se disponía a acabar de perecer, a borrar el último rastro de un amor efímero. Cedían las indestructibles murallas, incendiadas por el fuego abrasador que calcinaba su pobre corazón marchito con la misma fuerza que sus lamentos bañaban las vetustas páginas. Atroz violencia de los elementos que lo devoraba por dentro, que consumía aquel sólido castillo cuando recordaba sus sabrosos besos, las delicadas caricias, la redondez de sus rosados senos. Agudos dolores lo sacudían al pensar que ya todo había terminado; que no había sido más que un hermoso sueño.

 

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

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