FINAL DEL JUEGO

FINAL DEL JUEGO

Un salón sofocante impregnaba la sala de juego, tenuemente alumbrada por las arañas de brazos que pendían del techo con luces amarillentas, que teñían la habitación de un color fúnebre y la cargaban de un mayor misterio. El humo de los continuos e incesantes cigarrillos se esparcía por el aire y hacía lagrimear a los espectadores, que observaban atentos,  la última partida, sudorosos en sus mangas de camisa, no tanto por el ambiente enardecido, cuanto por la tensión que ahí se respiraba.

Ataviado con una única túnica blanca que le cubría desde el pecho hasta los tobillos, con unas discretas sandalias y una diadema dorada en la frente, rasuradas las mejillas y una larga y oscura melena, Yisus observaba a su último rival con una calmada y cínica sonrisa. Le gustaba derrotarlos uno por uno, poco a poco, con gestos lentos y parsimoniosos, para degustar con sádico placer la angustia de los pobres infelices y regodearse de sus desesperadas miradas. Frente a él, el otro examinaba tenso sus cartas, mientras en su pecho el corazón le latía violentamente; los naipes se le resbalaban de las sudorosas  manos, y del cuerpo le manaba un acre olor a azufre.

De repente Yisus, sin apartar sus celestes ojos de efebo del desgraciado, cogió una carta y la lanzó al centro de la mesa. En la carta hombre de cabeza redonda tocado con un sombrero de copa negro, con un tupido bigote que le cubría el labio superior de una boca que esbozaba una sonrisa bonachona. Detrás de él aparecía lo que parecía un templo griego, con un fondo donde daban cita el mar y el cielo y un dios que presenciaba la escena. Escena que se cerraba con cuatro , dos a cada flanco, con un billete en medio, donde podía leerse el número diez. Era la Carta Imperio.

El otro jugador palideció. Era la carta que tanto había temido, el final de la partida. Yisus le dio una ceremoniosa calada a su cigarrillo al tiempo que entornaba los ojos, sólo para abrirlos pocos segundos después mientras mudaba su aspecto. Ahora su cara aparecía surcada por múltiples arrugas; la inmaculada túnica se había convertido en unos pantalones vaqueros, acompañados por una casaca azul oscura sobre una camisa encarnada. Su larga melena había encanecido, y ahora la coronaba un alto sombrero de copa con barras horizontales donde se alternaban el rojo y el blanco, y una franja azul con estrellas. La cínica sonrisa había desaparecido de su rostro, que ahora mostraba una mueca de odio. Mientras miraba a su rival con el ceño fruncido le dio otra calada al pitillo y re arrojó el humo. Con voz grave y cavernosa rugió:

-Has perdido. Ya sabes lo que eso significa: ahora callarás y harás lo que se te ordene. Debes consumir, odiar, matar, guardar silencio y morir. Ahora tu alma me pertenece.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

Escrito presentado a reto en el grupo

Escritores Varios: Taller Autodidacta.

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