DULCE DESPERTAR

DULCE DESPERTAR

Despertó en medio de la noche un tanto aturdido. A través de la ventana se filtraban los débiles rayos de la luna lunática, que se posaban sobre el rostro de ella y lo teñían de un azul pálido, mortecino. Ella tenía la cabeza apoyada contra la espalda de él en un cariñoso y romántico gesto; su cálido aliento y su respiración calmada le golpeaban suavemente las mejillas. Sentía las manos de ella en torno a su cintura, apresándolo en un tierno abrazo. Gesto protector, que a un tiempo la llenaba de placer y de sosiego. Observaba con una sonrisa la silueta de su cadera y de su pierna que dibujaban las blancas sábanas, cómplices de sus más íntimos secretos, de sus más profundos placeres, mientras rememoraba en su mente los juegos amorosos con los que habían gozado apenas unas horas antes. La imaginaba debajo de la fina tela, y trataba de reconstruir cada una de las líneas de su cuerpo de piel sedosa y tostada, de esa hermosa mujer con la que había visitado por unos instantes el paraíso.

Temía girarse para verle la cara, desprenderse del abrigo de su abrazo y despertarla con el mínimo movimiento. Se quedó quieto aún durante algunos minutos, respirando el agradable olor de su larga y oscura melena, pensándola en silencio. Mas de pronto sintió la necesidad de levantarse. Llevó con cautela sus manos a las de ella y las separó de su cuerpo lentamente; escuchó entonces un prolongado suspiro. Rozó ligeramente sus cabellos para asegurarse de que aún dormía. Después volvió a taparla, se cubrió el torso desnudo con el batín y salió del cuarto sigiloso, no sin antes girarse para posar su mirada en ese rostro relajado que yacía ahí, seguro, inocente, saciado, en paz.

Fue al comedor y prendió la luz. Sobre la mesa camilla se encontraba la libreta que estaba gastando con la pluma encima; buscó la primera página que había en blanco y empezó a escribir poemas. Se sentía preso de la pasión, desbordado por los sentimientos que le inspiraba aquella bella mujer, esa criatura con la que había viajado al cielo. El cincel se deslizaba raudo sobre las hojas; las palabras fluían presurosas, y la tinta se esparcía sobre el lienzo, dando forma a tiernos versos. Quería sorprenderla por la mañana con aquellos poemas, ver sus brillantes ojos abiertos cuando se los leyera, y aplacar sus palabras con sus labios.

Pero entonces fue ella quien lo sorprendió. Le posó la mano delicadamente en el hombro; él alzó la cabeza, girándose mientras dejaba la pluma sobre el papel y llevando su mano a la de ella, al tiempo que se intercambiaban cómplices sonrisas. Se levantó y la abrazó, al tiempo que sus bocas se unían en un largo beso.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

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