EL AROMA DEL DESPERTAR

EL AROMA DEL DESPERTAR

La casa todavía estaba en la penumbra. A pesar de que ya había amanecido, sólo unos débiles rayos de luz se filtraban a través de las ventanas. Un cielo cubierto por negras y pesadas nubes,  acompañado por un viento frío y cortante y por truenos que bramaban coléricos a lo lejos, prolongaba la madrugada y presagiaba una lluvia inminente.

Cerró la puerta de la cocina para no despertarla y puso la cafetera a hervir. Aquella mañana había decidido madrugar y preparar el desayuno; sorprenderla en la cama todavía somnolienta, adormecida, agotada por la noche de pasión que ambos habían compartido bajo la complicidad de las sábanas, los dos cuerpos buscándose el uno al otro, bañados en sus propios sudores, agitados, gimiendo de gozo, antes de abrazar exhaustos el cálido lecho.

Sirvió dos tazas de café y unas cuantas tostadas de mermelada y mantequilla y las llevó en una bandeja. Se detuvo en el umbral de la puerta con la bandeja en las manos, mientras el aroma de la excitante bebida impregnaba la recámara. Desde allí la contempló en esa postura tan inocente, tan inofensiva, acostada en el lado derecho de la cama, recostada sobre el brazo izquierdo. Los rizados cabellos azabache le caían alborotados por las mejillas; los pechos desnudos sobresalían de la fina tela, que se adhería al cuerpo y permitía adivinar sus seductoras curvas. La pierna de arriba flexionada, la de abajo estirada, con la vertiginosa pendiente que se formaba en las nalgas. Le gustaba masajear esos pies delicados con sus fuertes manos, frotarlas contra su espalda y sentir ese ronroneo de placer. Se dijo que sólo un alfarero realmente experto podría haber moldeado a un ser tan hermoso, con aquellas sinuosidades tan deliciosas, que le invitaban al dulce pecado.

La miró con lascivia, mientras recordaba los momentos vividos esa noche, cuando lamió las redondas frutas de sus senos; cuando mordió sus pezones erectos mientras escuchaba sus jadeos; cuando besó ávidamente sus carnosos labios y su lengua reptó codiciosa hacia su vientre y se detuvo juguetona en el ombligo, hasta alcanzar el acantilado del pubis, antes de saciar la sed en el manantial de su cueva, mientras ella lanzaba cada vez más agudos gemidos. Embravecido, él empezó a cabalgar sobre su cintura, ansiosos ambos por aplacar el ardiente fuego que llevaban dentro, dos volcanes enfurecidos.

Se dirigió al lecho y dejó la bandeja encima de la mesita de noche. Se inclinó ante ella y con una mano le apartó los cabellos que le tapaban la cara, mientras con el dorso de la otra le acariciaba la mejilla. Ella se dio la vuelta perezosamente mientras bostezaba; abrió los ojos y sonrió cuando lo vio. Él, todavía inclinado ante ella, la abrazó y le dio un beso en los labios. Ella se incorporó y se retiró de nuevo el mechón insurrecto, al tiempo que él le ponía la bandeja sobre las piernas y seguía esparciéndose el aroma del café, cuando las primeras gotas de lluvia empezaban a caer.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

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