TU VOZ EN LA NOCHE

TU VOZ EN LA NOCHE

Las once. Es una noche opaca, cerrada, sin luna. Por suerte, estos jardines están bien alumbrados. Me encanta venir a pasear por sus anchos caminos, flanqueado por hileras de árboles y de arbustos a ambos lados. El momento que más me seduce, en las postreras horas del día, en el declinar de la jornada, cuando la oscuridad se cierne sobre estos parajes aislados y las gentes se refugian en otros lugares más concurridos, más propios para ambientes nocturnos, donde abundan el alcohol y las risas, a menudo sutiles preámbulos de espectáculos más dionisíacos si cabe. Es en esos instantes, sin embargo, cuando más a gusto me siento aquí, en mi solitario deambular por estos jardines desiertos. Es aquí, recogido en mis andares meditabundos y silenciosos, cuando me siento en contacto con la naturaleza, en este pequeño bosque donde algunos gatos callejeros salen de sus escondites para procurarse el sustento, pacíficos felinos, tigres en miniatura, que se apresuran a refugiarse cuando me acerco.

Nuevamente paso frente a ese pobre. A diario lo encuentro en el mismo lugar durante mis dos paseos, el de media tarde y el nocturno. Procuro desviar la mirada para que no se sienta observado y no incomodarlo, aunque en realidad quisiera acercarme a él. En alguna ocasión he pasado por su lado y he aprovechado para saludarle; o al verlo de noche le he hecho un gesto con la mano desde la distancia. Nunca me ha devuelto la deferencia, acaso por no haberse percatado, acaso por sentirse resentido con el mundo, y ello me convierta en chivo expiatorio de sus culpas. Tiendo a pensar que se trate más de lo segundo que de lo primero. En cualquier caso, procuro cuidarme ahora más de mis indiscreciones, para que no se sienta violentado.

La noche es atípica para esta época de año. El invierno hace ya unos años que quedó proscrito, enviado al exilio por tiempo indefinido, acaso de por vida -la nuestra, la suya-, o condenado a galeras, como en la antigua Roma, o a cadena perpetua, quién sabe. Sólo un tímido soplo de aire, apenas frío, silba con una discreción pareja a a la de mi mirada, ahora fija en el suelo, mientras te busca entre mis recuerdos. Vos te escondés, como la luna en el ancho cielo, parapetada tras otros pensamientos que acuden impertinentes a mi memoria para robarme esa dulce voz que trato de rememorar, esos grandes y brillantes ojos pardos que me hechizan con su mirada, esa sensual sonrisa, ese rostro donde habita tu alma pura y tierna.

Consigo espantar a los pensamientos intrusos, y ahora volvés a ser vos quien camina a mi lado, quien llena mis vacíos, quien aporta con su recuerdo una llama de calor a mi pobre corazón en mis solitarios paseos, ya no tan solitarios.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

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