ABRACÉMONOS

ABRACÉMONOS

Oscuros nubarrones se ciernen sobre el horizonte. Un mar espumoso, colérico, poblado por densos algodones que parecen avanzar a mi encuentro. Lejos de huir en busca de refugio seguro, continúo sobre mis pasos, anhelante por encontrarme con esas frías aguas tan deseadas; porque descarguen todo su peso sobre mi cuerpo y me bañen con su furia, con sus frías gotas; porque me empapen, porque me calen hasta los huesos y reencontrarme con mi naturaleza, con ese cosmos abigarrado, salvaje, desafiante; por escuchar los embravecidos truenos que amenazantes anuncian el cercano inicio del esperado concierto, la dulce sinfonía de los elementos, ese bello espectáculo donde se dan cita las fuerzas del mundo, rebeldes, acaso irritadas contra el prepotente y absurdo orgullo del hombre.

Pero yo me preparo para recibir la descarga. Así he sido siempre. Acaso ello forme parte de mi temperamento insumiso, contrario al sentir general, que teme a la lluvia como a un elemento aborrecible, sin saber apreciar debidamente el encanto que en ella se esconde, portadora de vida, necesaria simiente. Quizá se deba a mi naturaleza romántica, que me lleva a adorar todo aquello que encierre un halo de nostalgia; a codiciar ese gélido viento que me azota en las noches de invierno cuando me aventuro por calles silenciosas en mis solitarios paseos nocturnos; o a estremecerme en las madrugadas, cuando encojo las piernas en el lecho, cuando las aproximo hacia el pecho y me llevo las mantas hasta el cuello para proteger la garganta. Tal vez sea por todo ello, por mi carácter melancólico, que siempre he preferido alinearme con las fuerzas insurrectas, queriendo mezclarme con ellas, regresar a mi querida tierra.

Llego a este banco que tantas veces me ha acogido, confidente de mis más insufribles dolores, testigo de mis anhelos, cómplice de varios de mis escritos, y empiezo a deslizar mi pluma irrefrenable sobre el lienzo, bajo el espeso manto del ennegrecido firmamento, acechante de la descarga, el tan esperado momento.

Pero ahora son cada vez más los insolentes rayos que rasgan el ancho cielo; con sus haces de luz les infligen sangrantes heridas a las inermes nubes y las tinieblas retroceden, intimidadas por la cruel tiranía de un sol que me castiga, que me priva de esa melodía tan acorde con mi sentir, con mi espíritu flagelado y moribundo, con mi alma desamparada, tan seca, tan agotada por tan incesante llanto como este pobre firmamento abandonado, a quien también le faltan las lágrimas para poder vaciar la profunda pesadez de su duro quebranto.

Compañeros en nuestro desamparo, compartimos nuestros dolores, nuestras aflicciones. Yo, en mi modesta insignificancia; él, en su vasta magnificencia. Ven, cielo amigo; no reprimas tu agonía. Abracémonos y demos salida a nuestras lágrimas. Unámonos en el reparador llanto y demos comienzo a la sinfonía.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

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