MIRADAS PERDIDAS

MIRADAS PERDIDAS

El lago estaba en calma, dormido. En aquella cálida tarde otoñal el viento descansaba en su lejana morada, vecina al reino de Hades, y había dejado de agitar las frías y diáfanas aguas, que en su pacífica quietud esculpían con religiosa fidelidad la blanca y acogedora casita de campo, que ahora aparecía inscrita en aquel marco acuoso, rodeada por el ancho cielo, ahí reflejado con sus pálidos tonos, inmaculado, acaso con alguna nubecilla inofensiva, en ese tierno y amoroso beso que con eterna e ininterrumpida pasión une los húmedos labios de las aguas con los del infinito firmamento.

Él observaba desoladamente el césped sentado en el banco con aire ensimismado, abstraído, acaso cuestionándolo, acaso cuestionándose a sí mismo, inquiriéndose qué había precipitado aquello, tal vez acusándose del final de esa bella historia. Se sentía culpable de aquel fracaso, de aquel sentimiento finado, y el dolor le carcomía por dentro; su corazón se desgarraba con esa desesperada congoja en una agonía que contrastaba con el sueño de las mansas aguas.

A su lado, un tanto distanciada, sin llegar siquiera a rozar su cuerpo, ello parecía pensar en lo mismo. Idéntico remordimiento, similar angustia. A diferencia de él, su rostro miraba hacia atrás. Girada de medio perfil, oteaba el horizonte, esa línea imaginaria e indefinida, inalcanzable, donde acaso se ocultara su pasado con todas las respuestas a las tantas preguntas que entonces punzantemente le oprimían. Saber si aquello realmente debió haber empezado, o si acaso había sido ella la responsable, la causante, del funesto ocaso. Sin poder aplacar sus dudas permanecía, como él, ensimismada, desconcertada.

Ninguno de los dos se atrevía a romper aquel silencio fúnebre, a pronunciar la primera palabra, a dar el primer paso. Sabían que ello suponía abrir la tan temida puerta, que a su vez cerraría aquella otra, la del mundo que durante tanto tiempo habían compartido. Temían el fatídico instante, a pesar de ser el único posible, como a la propia muerte, pues en verdad lo era para sus propias almas, condenadas a vagar huérfanas en adelante, ya sin fuerzas, ya sin vida.

Acaso la quietud del viento, que aquel día había enmudecido y abandonado su alegre canto; acaso el pacífico y manso sueño de las aguas del lago, que plácidamente se negaban a despertar de su dulce letargo, fuera en el fondo el tácito luto, la muestra de respeto que concedían los elementos a los desdichados amantes, acompañándolos en su cruda agonía, escuchando sus pensamientos, estimulando sus recuerdos, mientras las horas pasaban y se aproximaba callada e inexorablemente la noche y traía el frío mortecino, el mismo frío que ya empezaba a helar sus gélidos corazones.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

Escrito presentado al tercer reto de

Escritores Varios: Taller Autodidacta.

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