ENTRE LA LUMBRE DE LAS LLAMAS

ENTRE LA LUMBRE DE LAS LLAMAS

La anoche empezaba a caer. El campo se teñía de colores celestes, más opacos a medida que transcurrían las horas, y la luna creciente se asomaba tímidamente desde el ancho firmamento. Los grillos despertaban de su letargo, y con sus felices cantos acompañaban los acompasados silbidos de un aire frío que golpeaba con fuerza contra la solitaria cabaña. Sus paredes de madera adquirían entonces un tono más apagado y al tiempo más acogedor, cuando desaparecía la luz del día, sustituida por la fúnebre lumbre de unos pocos candelabros.

Le gustaba ese momento, cuando el día parecía disponerse a morir estoicamente, a aceptar mansamente su inevitable destino; cuando la naturaleza apagada, lúgubre, ofrecía una cara enternecedora y acogedora, acaso más en consonancia con su alma nostálgica y soñadora, reflexiva, que disfrutaba de esos instantes de recogimiento para profundizar en lo más hondo de su espíritu, para girar la mirada al pasado y recordar, a veces hasta quedarse a las puertas del llanto, si no era que cedían los cerrojos.

Entonces encendía la chimenea y acercaba un sillón a la hoguera; pasaba ahí sentado varias horas, con la vista fija en uno de sus libros de poemas. Le reconfortaba el crepitar de la leña en el fuego, ese ruido hueco de fondo, que se sumaba al ululante susurro del viento y a los plácidos murmullos de los grillos. En sus pardas pupilas ardían las brasas, mientras su dolorido corazón trataba de hallar un poco de consuelo en los versos de Benedetti. Leía y recitaba en voz alta aquellos poemas, e intentaba darles la entonación adecuada, sin importarle que con ello rompiera el concierto que le brindaba la naturaleza; pues al pronunciar aquellas palabras, aquellas estrofas, parecían cobrar más fuerza y más vida, y las sentía más intensamente.

Pasó el tiempo y empezó a sentirse agotado; los párpados le pesaban, y se le hacía difícil mantenerlos abiertos. Comprendió que debía de ser tarde. Ignoraba la hora, pero era mejor descansar. Puso el separador en el libro y lo cerró. Entonces fijó sus ojos somnolientos en las llamas y mantuvo la mirada durante unos segundos. Sentía recobrar el vigor acaso durante unos breves instantes, cuando creía distinguir entre las cálidas brasas el rostro de ella, sus ondulados y largos cabellos, esos rizos que lo encandilaban, carbonizados por el fuego; la dulce y sensual sonrisa de sus bonitos y sabrosos labios que siempre lo rendían y lo enamoraban con esa voz suave y melódica, relajante, embriagadora; esos penetrantes ojos de miel que tanto le hechizaban y tantas veces había devorado. Ahora la veía todas las noches a través de sus recuerdos. Para ella eran sus últimos pensamientos, mientras las lágrimas empezaban a deslizarse por sus mejillas cuando ya se retiraba al gélido lecho.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

2 comentarios en “ENTRE LA LUMBRE DE LAS LLAMAS

  1. Muchas gracias, Bea. Trato de afinar en las descripciones, ser lo más minucioso que puedo. Me alegra que la gente pueda meterse en el paisaje que tengo en mi mente, en la historia.
    Te dejo un gran abrazo.

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