VEREDICTO AL ANOCHECER

Para reto del grupo Escritores Varios. Taller Autodidacta.

La noche empezaba a enseñorearse de un cielo que vertía a lo largo y ancho su oscura capa; el orgulloso sol se despedía perezoso, y desde el lejano firmamento arrojaba sus últimos y tímidos rayos, delgados y débiles. Caían pálidamente en las cristalinas aguas, ensombrecidas por las lúgubres tinieblas, y se removían temblorosas, a la par que se mecía lentamente aquel pacífico lago, agitados por un viento manso. Poco a poco la penumbra se extendía y se adueñaba de aquel paraje salvaje, libre de la mano del hombre, abandonado a la dulce melodía de sus cantos nocturnos, al delicioso aroma de su naturaleza virgen, genuina, intacta.

Ellos miraban sus rostros reflejados en las aguas, ya convertidos apenas en sus siluetas, bailando con las vibraciones producidas por las pequeñas ráfagas de aquel aire frío. Sentados sobre unas rocas, arrimaban sus cuerpos para mejor sentir su presencia y compartir su calor, mientras sus ojos soñadores se perdían en el horizonte opaco, tenebroso, acaso inquiriendo a los astros acerca de aquella hermosa aventura, acerca del futuro de tan bello sentimiento que en ellos había nacido, cual si de alguna parte hubiera de llegar la ansiada respuesta, que con artes divinas alcanzara sus almas y despejara sus dudas. Si era común la pasión que en ellos ardía, también lo era el temor por romper aquel sagrado silencio, por hacer el menor gesto, por decir una sola palabra, que cortara la gélida brisa que les acariciara las mejillas y les erizaba el bello, aquel fino susurro que huía silbante y mecía las plantas a su alrededor.

Ella parecía ensimismada; su larga melena bailaba indómita; algunos cabellos rebeldes se cruzaban por su rostro y le tapaban la visión. Él le apretó una mano y le pasó el brazo por la cintura para atraerla aún más hacia sí; llevó la otra a la cara y empezó a apartarle con ternura los traviesos mechones. Sus dedos jugaron entonces con su frente; se pasearon por ella y descendieron sin prisa por los pómulos para buscar esos carnosos labios que quedamente callaban y dejaban hacer, complacidos por esas delicadas caricias, mientras en ellos empezaba a dibujarse una sonrisa lasciva. Los dedos pasaron silenciosamente por la boca y sintieron su calor. Entonces su mano volvió a trepar hasta su rizada melena, y fueron sus labios los que se encontraron con los de ella, para que sus corazones se embravecieran con esos besos eternos, con esa incandescente llama que los encendía. El silencio había dado su veredicto: sus almas inquietas habían recobrado el sosiego al saber que aquel gran sentimiento era sincero.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

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