OCTAVIO PAZ, LIBERTAD BAJO PALABRA

Esta vez cambié y me fui al norte, ni más ni menos que a México, para leer a Octavio Paz. Y la verdad es que es un cambio radical respecto a Benedetti. No puedo decir que me guste más ni menos; son distintos, sencillamente, y el autor uruguayo siempre será como un padre para mí, mi primer gran amor de la poesía. Paz, a diferencia de él, tiene un estilo muy complicado, y por ello tuve que hacer un sobre esfuerzo. Me quedé sin copiar el último poema del libro, Piedra de sol, verdaderamente precioso. He aquí unos cuantos de los de su libro:

Allá, donde terminan las fronteras, los caminos se borran. Donde empieza el silencio. Avanzo lentamente y pueblo la noche de estrellas, de palabras, de la respiración de un agua remota que me espera donde comienza al alba.

Invento la víspera, la noche, el día siguiente que se levanta en su lecho de piedra y recorre con ojos límpidos un mundo penosamente soñado. Sostengo al árbol, a la nube, a la roca, al mar, presentimiento de dicha, invenciones que desfallecen y vacilan frente a la luz que disgrega.

Y luego la sierra árida, el caserío de adobe, la minuciosa realidad de un charco y un pirú estólido, de unos niños idiotas que me apedrean, de un pueblo rencoroso que me señala. Invento el terror, la esperanza, el mediodía -padre de los delirios solares, de las falacias espejeantes, de las mujeres que castran a sus amantes de una hora.

Invento la quemadura y el aullido, la masturbación en las letrinas, las visiones en el muladar, la prisión, el piojo y el chancro, la pelea por la sopa, la delación, los animales viscosos, los contactos innobles, los interrogatorios nocturnos, el examen de conciencia, el juez, la víctima, el testigo. Tú eres esos tres.

DELICIA

Como surge del mar, entre las olas,

una que se sostiene,

estatua repentina,

sobre las veredas, líquidas espaldas

de las otras, las sobrepasa

vértigo solitario, y a sí misma,

a su caída y a su espuma,

se sobrevive, esbelta,

y hace quietud su movimiento,

reposo su oleaje,

brota entre los áridos minutos,

imprevista criatura.

Entre conversaciones y silencios,

lenguas de trapo y de ceniza,

entre las reverencias, dilaciones,

las infinitas jerarquías,

los escaños del tedio,

los bancos del tormento,

naces, delicia, alta quietud.

¿Cómo tocarte, impalpable escultura?

Inmóvil en el movimiento,

en la fijeza, suelta.

Si música, no suenas;

si palabra, no dices:

¿Qué te sostiene, líquida?

ARCOS

¿Quién canta en las orillas del papel?

Inclinado, de pecho sobre el río

de imágenes, me veo, lento y solo,

de mí mismo alejarme: letras puras,

constelaciones de signos, incisiones

en la carne del tiempo, ¡oh escritura,

raya en el agua!

Voy entre verdores

enlazados, voy entre transparencias,

río que se desliza y no transcurre;

me alejo de mí mismo, me detengo

sin detenerme en una orilla y sigo,

río abajo, entre arcos de enlazadas

imágenes, el río pensativo.

Sigo, me espero allá, voy a mi encuentro,

río feliz que enlaza y desenlaza

un momento de sol entre dos álamos,

en la pulida piedra se demora,

y se desprende de sí mismo y sigue,

río abajo, al encuentro de sí mismo.

MEDIANOCHE

Es el secreto mediodía,

sólo vibrante obscuridad de entraña,

plenitud silenciosa de lo vivo.

Del alma, ruina y sombra,

vértigo de cenizas y vacío,

brota un esbelto fuego,

una delgada música,

una columna de silencio puro,

un asombrado río

que se levanta de su lecho

y fluye, entre los aires, hacia el cielo.

Canta, desde su sombra

-y más, desde su nada- el alma.

Desnudo de su nombre canta el ser,

en el hechizo de existir suspenso,

de su propio cantar enamorado.

Y no es la boca amarga,

ni el alma, ensimismada en su espejismo,

ni el corazón, obscura catarata,

lo que sostiene al canto,

cantando en el silencio deslumbrado.

A sí mismo se encanta

y sobre sí descansa

y en sí mismo se vierte y se derrama

y sobre sí se eleva

hacia otro canto que no oímos,

música de la música,

silencio y plenitud,

roca y marea,

dormida inmensidad

en donde sueñan formas y sonidos.

Es el secreto mediodía.

El alma canta, cara al cielo,

y sueña en otro canto,

sólo vibrante luz,

plenitud silenciosa de lo vivo.

MAR POR LA TARDE

Altos muros de agua, torres altas,

aguas de pronto negras contra nada,

impenetrables, verdes, grises aguas,

aguas de pronto blancas, deslumbradas.

Aguas como el principio de las aguas,

como el principio mismo antes del agua,

las aguas inundadas por el agua,

aniquilando lo que finge el agua.

El resonante tigre de las aguas,

las uñas resonantes de cien tigres,

las cien manos del agua, los cien tigres,

con una sola mano contra nada.

Desnudo mar, sediento mar de mares,

hondo de estrellas si de espumas alto,

prófugo blanco de prisión marina,

que en estelares límites revienta.

¿qué memorias, deseos prisioneros,

encienden en tu piel sus verdes llamas?

En ti te precipitas, te levantas

contra ti y de ti mismo nunca escapas.

Tiempo que se congela o se despeña,

tiempo que es mar y mar que es lunar témpano,

madre furiosa, inmensa res hendida,

y tiempo que se come las entrañas.

PEQUEÑO MONUMENTO

Fluye el tiempo inmortal y es su latido

sólo palpita estéril insistencia,

sorda avidez de nada, indiferencia,

pulso de arena, azogue sin sentido.

Resuelto al fin en fechas lo vivido

veo, ya edad, el sueño y la inocencia,

puñado de aridez en mi conciencia,

sílabas que disperso sin ruido.

Vuelvo el rostro: no soy sino la estela

de mí mismo, la ausencia que deserto,

el eco del silencio de mi grito.

Mirada que al mirarse se congela,

haz de reflejos, simulacro incierto:

al penetrar en mí me deshabito.

LA POESÍA

Llegas silenciosa, secreta,

y despiertas los furores, los goces,

y esta angustia

que enciende lo que toca

y engendra en cada cosa

una avidez sombría.

El mundo cede y se desploma

como metal al fuego.

Entre mis ruinas me levanto,

solo, desnudo, despojado,

sobre la roca inmensa del silencio,

como un solitario combatiente

contra invisibles huestes.

Verdad abrasadora,

¿a qué me empujas?

No quiero tu verdad,

tu insensata pregunta,

¿a qué esta lucha estéril?

No es el hombre criatura capaz de contenerte,

avidez que sólo en la sed se sacia,

llama que todos los labios consume,

espíritu que no vive en ninguna forma,

mas hace arder todas las formas.

Subes desde lo más hondo de mí,

desde el centro innombrable de mi ser,

ejército, marea.

Creces, tu sed me ahoga,

expulsando, tiránica,

aquello que no cede

a tu espada frenética.

Ya sólo tú me habitas,

tú, sin nombre, furiosa substancia,

avidez subterránea, delirante.

Golpean mi pecha tus fantasmas,

despiertas a mi tacto,

hielas mi frente,

abres mis ojos.

Percibo el mundo y te toco,

substancia intocable,

unidad de mi alma y de mi cuerpo,

y contemplo el combate que combato

y mis bodas de tierra.

Nublan mis ojos imágenes opuestas

y a las mismas imágenes

otras, más profundas, las niegan,

ardiente balbuces,

aguas que anega un agua más oculta y densa.

En su húmeda tiniebla vida y muerte,

quietud y movimiento son lo mismo.

Insiste, vencedora,

porque sólo existo porque existes,

y mi boca y mi lengua se formaron

para decir tan sólo tu existencia,

y tus secretas sílabas, palabra

implacable y despótica,

substancia de mi alma.

Eres tan sólo un sueño,

pero en ti sueña el mundo

y su mudez habla con tus palabras.

Rozo al tocar tu pecho

la eléctrica frontera de la vida,

la tiniebla de sangre

donde pacta la boca cruel y enamorada,

ávida aún de destruir lo que ama

y revivir lo que destruye,

con el mundo, impasible

y siempre idéntico a sí mismo,

porque no se detiene en ninguna forma

ni se demora sobre lo que engendra.

Llévame, solitaria,

llévame entre los sueños,

llévame, madre mía,

despiértame del todo,

hazme soñar tu sueño,

unta mis ojos con aceite,

para que al conocerte me conozca.

SOLILOQUIO DE MEDIANOCHE

Dormía, en mi pequeño cuarto de roedor civilizado,

cuando alguien sopló en mi oído estas palabras:

“Duermes, vencido por fantasmas que tú mismo engendras,

y mientras tú deliras, otros besan o matan,

conocen otros labios, penetran otros cuerpos,

la piedra vive y se incorpora,

y todo, el polvo mismo, encarna en una forma que respira.”

Abrí los ojos y quise asir al impalpable visitante,

cogerlo por el cuello y arrancarle su secreto de humo,

mas sólo vi una sombra perderse en el silencio, aire en el aire.

Quedé solo de nuevo, en la desierta noche del insomne.

En mi frente golpeaba una frente fría,

hundida mar hirviente bajo mares de yelo.

Subieron por mis venas los años caídos,

fechas de sangre que alguna vez brillaron como labios,

labios en cuyos pliegues, golfos de sombra luminosa,

creí que al fin la tierra me daba su secreto,

pechos de viento para los desesperados,

elocuentes vejigas ya sin nada:

Dios, Cielo, Amistad, Revolución, Patria.

Y entre todos se alzó, para hundirse de nuevo,

mi infancia, inocencia salvaje domesticada con palabras,

preceptos con anteojos,

agua clara, espejo para el árbol y la nube,

que tantas virtuosas almas enturbiaron.

Dueño de la palabra, del agua y de la sal,

bajo mi fuerza todo nacía otra vez, como al principio;

si mis yemas rozaban su sopor infinito

las cosas cambiaban su forma por otra,

acaso más secreta y suya, de pronto revelada,

y para dar respuesta a mis atónitas preguntas

el fuego se hacía humo,

el árbol temblor de hojas, el agua transparencia,

y las hierbas y el musgo entre las piedras y las piedras

se hacían lenguas.

Sobre su verde tallo una flor roja me hablaba,

Una palabra me abría cada noche las puertas de la noche,

y el mismo sol de oro macizo palidecía ante mi espada de madera.

Cielo poblado siempre de barcos y naufragios,

yo navegué en sus témpanos de bruma

y naufragué en sus arrecifes indecisos;

entre tu silenciosa vegetación de espuma me perdía

para tocar tus pájaros de cristal y reflejos

y soñar en tus playas de silencio y vacío.

¿Recuerdas aquel árbol, chorro de verdor,

erguido como dicha sin término,

al mediodía dorado,

obscuro ya de pájaros en la tarde de sopor y de tedio?

¿Recuerdas aquella buganvilla que encendía sus llamas

suntuosas y católicas sobre la barda gris,

la recuerdas aquella tarde del pasmo,

cuando la viste como si nunca la hubieras visto antes,

morada escala para llegar al cielo?

¿Recuerdas la fuente, el verdín de la piedra,

el charco de los pájaros,

las violetas de apretados corpiños, siempre tras las cortinas de sus hojas,

el alcatraz de nieve y su grito amarillo, trompeta de las flores,

la higuera de anchas hojas digitales, diosa hindú,

y la sed que enciende su miel?

Reino en el polvo, reino

cambiado por unas baratijas de prudencia.

Amé la gloria de boca lívida y ojos de diamante,

amé el amor, amé sus labios y su calavera,

soñé en un mundo en donde la palabra engendraría

y el mismo sueño habría sido abolido,

porque querer y obrar serían como la flor y el fruto.

Mas la gloria es apenas una cifra, equivocada con frecuencia,

el amor desemboca en el odio y el hastío,

¿y quién sueña ya en la comunión de los vivos cuando

todos comulgan en la muerte?

A solas otra vez, toqué mi corazón,

allí donde los viejos nos dijeron que nacían el valor y la esperanza,

mas él, desierto y ávido, sólo latía,

sílaba indescifrable,

despojo de no sé qué palabra sepultada.

“A esta hora”, me dije, “sólo algunos aman y conocen

la muerte en otros labios,

otros sueñan delirios que son muerte,

y otros, más sencillamente, mueren allá en los frentes,

por defender una palabra,

llave de sangre para cerrar o abrir las puertas del mañana.”

Sangre para bautizar la nueva era que el engreído poeta vaticina,

sangre para el lavamanos del negociante,

sangre para el vaso de los oradores y los caudillos,

oh, corazón, noria de sangre, para qué regar ¿qué yermos?

para mojar ¿qué labios secos, infinitos?

¿Son los labios de un Dios,

de Dos que tiene sed, sed de nosotros,

nada que sólo tiene sed?

Intenté salir y comulgar en la intemperie con el alba,

pero había muerto el sol y el mundo, los árboles, los

animales y los hombres,

todos y todo éramos fantasmas de esa noche interminable

a la que nunca ha de mojar la callada marea de otro día.

TUS OJOS

Tus ojos son la patria del relámpago y de la lágrima,

silencio que habla,

tempestades sin viento, mar sin olas,

pájaros presos, doradas fieras adormecidas,

topacios impíos como la verdad,

otoño en un claro del bosque en donde el otoño canta en el

hombro de un árbol y son pájaros todas las hojas,

playa que la mañana encuentra constelada de ojos,

cesta de frutos de fuego,

mentira que alimenta,

espejos de este mundo, puertas del más allá,

pulsación tranquila del mar a mediodía,

absoluto que parpadea,

páramo.

CUERPO A LA VISTA

Y las sombras se abrieron otra vez y mostraron un cuerpo:

tu pelo, otoño espeso, caída de agua solar,

tu boca y la blanca disciplina de tus dientes caníbales,

prisioneros en llamas,

tu piel de pan apenas dorado y tus ojos de azúcar quemada,

sitios en donde el tiempo no transcurre,

valles que sólo mis labios conocen,

desfiladero de la luna que asciende a tu garganta entre tus senos,

cascada petrificada de la nuca,

alta meseta de tu vientre,

playa sin fin de tu costado.

Tus ojos son los ojos del tigre

y un minuto después son los ojos húmedos del perro.

Siempre hay abejas en tu pelo.

Tu espalda fluye tranquila bajo mis ojos

como la espalda del río a la luz del incendio.

Aguas dormidas golpean día y noche tu cintura de arcilla

y en tus costas, inmensas como arenales de la luna,

el viento sopla por mi boca y su largo quejido cubre con

sus dos alas grises

la noche de los cuerpos,

como la sombra del águila la soledad del páramo.

Las uñas de los dedos de tus pies están hechas del cristal

del verano.

Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida,

bahía donde el mar de noche se aquieta, negro caballo

de espuma,

cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro,

boca del horno donde se hacen las hostias,

sonrientes labios entreabiertos y atroces,

nupcias de la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible

(allí espera la carne su resurrección y el día de la vida perdurable).

Patria de sangre,

única patria que conozco y me conoce,

única patria en la que creo,

única puerta al infinito.

¿Águila o sol?

Comienzo y recomienzo y no avanzo. Cuando llego a las letras fatales, la pluma retrocede: una prohibición implacable me cierra el paso. Ayer, investido de plenos poderes, escribía con fluidez sobre cualquier hoja disponible: un trozo de cielo, un muro (impávido ante el sol y mis ojos), un prado, otro cuerpo. Todo me servía: la escritura del viento, la de los pájaros, el agua, la piedra. ¡Adolescencia, tierra arada por una idea fija, cuerpo tatuado de imágenes, cicatrices resplandecientes! El otoño pastoreaba grandes ríos, acumulaba esplendores en los picos, esculpía plenitudes en el Valle de México, frases inmortales grabadas por la luz en puros bloques de asombro.

Hoy lucho a solas con una palabra. La que me pertenece, a la que pertenezco, ¿cara o cruz? ¿águila o sol?

Trabajos del poeta

Ahora, después de los años, me pregunto si fue verdad o un engendro de mi adolescencia exaltada: los ojos que no se cierran nunca, ni en el momento de la caricia; ese cuerpo demasiado vivo (antes sólo la muerte me había parecido tan rotunda, tan totalmente ella misma, quizá porque en lo que llamamos vida hay siempre trozos y partículas de no-vida); ese amor tiránico, aunque no pide nada, aunque no está hecho a la medida de nuestra flaqueza. Su amor a la vida obliga a desertar de la vida; su amor al lenguaje lleva al desprecio de las palabras; su amor al juego conduce a pisotear las reglas, a inventarse otras, a jugarse la vida en una palabra. Se pierde el gusto por los amigos, por las mujeres razonables, por la literatura, la moral, las buenas compañías, los bellos versos, la psicología, las novelas. Abstraído en una meditación -que consiste en ser una meditación sobre la inutilidad de las meditaciones, una contemplación en la que el que contempla es contemplado por lo que contempla y ambos por la Contemplación hasta que los tres son uno- se rompen los lazos con el mundo, la razón y el lenguaje. Sobre todo con el lenguaje -ese cordón umbilical que nos ata al abominable vientre rumiante. Te atreves a decir No, para un día poder decir mejor Sí. Vacías tu ser de todo lo que los Otros lo rellenaron: grandes y pequeñas naderías, todas las naderías de que está hecho el mundo de los Otros. Y luego te vacías de ti mismo, porque tú -lo que llamamos yo o persona- también es imagen, también es Otro, también es nadería. Vaciado, limpiado de la nada purulenta del yo, ya no eres sino espera y aguardar. Vienen eras de silencio, eras de sequía y de piedra. A veces, una tarde cualquiera, un día sin nombre, cae una Palabra, que se posa levemente sobre esa tierra sin pasado. El pájaro es feroz y acaso te sacará los ojos. Acaso, más tarde, vendrán otros.

Como un dolor que avanza y se abre paso entre vísceras que ceden y huesos que resisten, como una lima que lima los nervios que nos atan a la vida, sí, pero también como una alegría súbita, como abrir una puerta que da al mar, como asomarse al abismo y como llegar a la cumbre, como el río de diamante que horada la roca y como la cascada azul que cae en un derrumbe de estatuas y de templos blanquísimos, como el pájaro que sube y el relámpago que desciende, batir de alas, pico que desgarra y entreabre al fin el fruto, tú, mi Grito, surtidor de plumas de fuego, herida resonante y vasta como el desprendimiento de un planeta del cuerpo de una estrella, caída infinita en un cielo de ecos, en un cielo de espejos que te repiten y te destrozan y te vuelven innumerable, infinito y anónimo.

UN APRENDIZAJE DIFÍCIL

Vivía entre impulsos y arrepentimientos, entre avanzar y retroceder. ¡Qué combates! Deseos y terrores tiraban hacia adelante y hacia atrás, hacia la izquierda y hacia la derecha, hacia arriba y hacia abajo. Tiraban con tanta fuerza que me inmovilizaron. Durante años tasqué el freno, como río impetuoso atado a la peña del manantial. Echaba espuma, pataleaba, me encabritaba, hinchaban mi cuello venas y arterias. En vano, las riendas no aflojaban. Extenuado, me arrojaba al suelo; látigos y acicates me hacían saltar.

Lo más extraño es que estaba atado a mí mismo, y por mí mismo. No me podía desprender de mí, pero tampoco podía estar en mí. Si la espuela me azuzaba, el freno me retenía. Mi vientre era un pedazo de carne roja, picada y molida por la impaciencia; mi hocico, un rictus petrificado. Y en esa movilidad hirviente de movimientos y retrocesos, yo era la cuerda y la roca, el látigo y la rienda.

EL RÍO

La ciudad desvelada circula por mi sangre como una abeja.

Y el avión que traza un gemido en forma de S larga, los

tranvías que se derrumban en esquinas remotas,

ese árbol cargado de injurias que alguien sacude a medianoche en la plaza,

los ruidos que ascienden y estallan y los que se deslizan

y cuchichean en la oreja un secreto que repta

abren lo obscuro, precipicios de aes y oes, túneles de vocales taciturnas,

galerías que recorro con los ojos vendados, el alfabeto

somnoliento con en el hoyo como un río de tinta,

y la ciudad va y viene y su cuerpo de piedra se hace añicos al llegar a mi sien,

toda la noche, uno a uno, estatua a estatua, fuente a fuente, piedra a piedra, toda la noche

sus pedazos se buscan en mi frente, toda la noche la ciudad habla dormida por mi boca

y es un discurso incomprensible y jadeante, un tartamudeo de aguas y piedras batallando,

su historia.

Detenerse un instante, detenerse a mi sangre que va y viene, va y viene y no dice nada,

sentado sobre mí mismo como el yoguín a la sombra de la higuera,

como Buda a la orilla del río, detenerse al instante,

un solo instante, sentado a la orilla del tiempo, borrar mi imagen del río que habla dormido

y no dice nada y me lleva consigo,

sentado a la orilla detener el río, abrir el instante, penetrar por sus salas atónitas

hasta su centro de agua,

beber en la fuente inagotable, ser la cascada de sílabas

azules que cae de los labios de piedra,

sentado a la orilla de la noche como Buda a la orilla de sí mismo ser el parpadeo del instante,

el incendio y la destrucción y el nacimiento del instante

y la respiración de la noche fluyendo enorme a la orilla del tiempo,

decir lo que dice el río, larga palabra semejante a labios,

larga palabra que no acaba nunca,

decir lo que dice el tiempo en duras frases de piedra,

en vastos ademanes de mar cubriendo mundos.

A mitad de poema me sobrecoge siempre un gran desamparo, todo me abandona,

no hay nadie a mi lado, ni siquiera esos ojos que desde atrás contemplan lo que escribo,

no hay atrás ni adelante, la pluma se rebela, no hay comienzo ni fin, tampoco hay muro que saltar,

es una explanada desierta el poema, lo dicho no esta dicho, lo no dicho es indecible,

torres, terrazas devastadas, babilonias, un mar de sal negra, un reino ciego,

No,

detenerme, callar, cerrar tus ojos hasta que brote de mis párpados una espiga, un surtidor de soles,

y el alfabeto ondule largamente bajo el viento del sueño

y la marea crezca en una ola y la ola rompa el dique,

esperar hasta que el papel se cubra de astros

y sea el poema un bosque de palabras enlazadas,

No,

no tengo nada que decir, nadie tiene nada que decir, nada ni nadie excepto la sangre,

nada sino este ir y venir de la sangre, este escribir sobre lo escrito y repetir la misma palabra

en mitad del poema,

sílabas de tiempo, letras rotas, gotas de tinta, sangre que va y viene y no dice nada

y me lleva consigo.

(El poema está incompleto. Me he dejado aproximadamente un tercio por copiar).

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