LA LLUVIA EN MI PIEL

Empiezo a escribir con los últimos y pálidos rayos de un sol que se resiste a marcharse; de un sol que llegó tardío, hace apenas una hora, después de que las nubes poblaran el ancho cielo durante todo el día; pero en ningún momento noté su ausencia, sino que más bien agradecí su huida. Desde hace años adoro la lluvia, esos días nublados en que el majestuoso firmamento se engalana de oscuras pinceladas y acompaña a mis oídos con sus coléricos bramidos, feroz amenaza antes de desatarse la tormenta. Pero en los últimos tiempos son pocos los momentos en que puedo disfrutar de este hermoso espectáculo de la naturaleza; cada vez el clima es más seco y el astro rey ejerce su dictadura más despóticamente.

Mas por suerte desde hace unos pocos días el cielo está nublado, y de vez en cuando hay alguna tímida descarga que se agradece, después de no haber tenido invierno. Algunos lo llamarán invierno tardío, pero ello me parece una burla. He olvidado cuándo fue la última vez que pasé frío; la última vez que me encogí en la cama para recibir el calor de mi propio cuerpo, al tiempo que escondía la cabeza bajo las mantas, cuando los días eran breves, y a las cinco de la tarde tenía que encender el flexo y taparme las piernas con las faldas de la mesa camilla para recibir el fuego de la estufa. Sé que estos días serán fugaces, y que pronto el calor volverá a abrasarme.

Anoche me dormí acunado por el ruido de la lluvia, por el repiquetear de las gotas contra la persiana; fue algo muy relajante. Cuando hacia las cinco me desperté y el insomnio volvió a incendiarme los párpados, estuve tentado de levantarme y coger la pluma. La luvia siempre me motiva para escribir; y si no lo hice fue porque estaba agotado. Pero habría sido el momento ideal, mecido por esa embriagadora sinfonía de los elementos, cuando la ciudad dormía; cuando el silencio era pleno y me devolvía la calma para sumergirme en ese estado meditabundo tan propio de mí.

También esta tarde llovió, como lo hiciera anoche. La tormenta me cogió durante mi paseo vespertino. Al principio eran sólo unas pocas y débiles gotas, aunque pronto empezó a cobrar fuerza. En previsión de aquel espectáculo había salido de casa sin material para escribir ni ningún libro para leer, sabiendo que sería imposible; pero sí que cogí, en cambio, el móvil, para poder inmortalizar el instante con unas cuantas fotos. En ningún momento me molestó que el agua se precipitara veloz y ferozmente sobre mi piel, que empezara a calarme hasta los huesos, que se empañaran mis lentes. El antiguo cauce del río estaba prácticamente vacío, y ello me hacía el paseo aún más grato. Nunca entenderé la aprensión de la gente a la lluvia. Yo recibía satisfecho el impacto de esos húmedos proyectiles en mi cara, la suave caricia de un viento frío en las mejillas.

Por desgracia, venía de regreso hacia casa cuando cesó la tormenta. Aún había oscuras nubes en el cielo, pero los postreros rayos del sol se adueñaron del paisaje. Como despedida, un bello arco iris apareció en el firmamento.

Hace pocos minutos he podido ver mientras escribía el firmamento teñido de escarlata. Todavía queda alguna franja anaranjada, pero ya está cayendo la noche. Y ojalá regrese la lluvia.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

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4 comentarios en “LA LLUVIA EN MI PIEL

  1. Muchísimas gracias, Bea! Sí. La lluvia, como el mar, tiene algo que apasiona, algo que atrapa. Uno de mis sueños es ir a la playa por la noche, en medio de una tormenta, y gozar de ese maravilloso espectáculo.
    Muchísimas gracias también por nominarme. Lo haré tan pronto como pueda. Te envío un abrazo de los míos, de ésos que te rompen las costillas, jeje.

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