LA PRIMERA VEZ

*

La vida de Luis era sencilla; tenía un amplio círculo de amistades y había concluido la carrera con las mejores notas de su promoción. Sin embargo, lo que le dolía era que era demasiado tímido, algo que siempre le había impedido tener trato con las mujeres. Se sentía avergonzado de su virginidad prolongada, pero se veía incapaz de acercarse a ninguna, temiendo el rechazo, debido a su inexperiencia. Marcos era su mejor amigo. Se conocían desde niños, y se daba perfecta cuenta de que aquello suponía un grave problema para Luis; lo veía apenado, bloqueado por esa carencia. Fue por ello que el día de su 25 cumpleaños decidió tentarlo con una oferta. Fue una mañana de abril, durante uno de sus paseos filosóficos, cuando decidió abordarlo de improviso:

-¿Qué te parece la idea de empezar con una prostituta?

La pregunta lo desconcertó.

-No. Ni hablar. Eso no es para mí.

-¿Por qué no? No hay nada de malo en ello. Te ayudaría a coger experiencia y perderías ese miedo escénico.

Le pareció un argumento razonable. Sin embargo, tenía sus principios; no quería hacerlo sin sentir nada, y menos la primera vez. No obstante, tenía grandes deseos por experimentar aquello y, sobre todo, por vencer esa timidez que lo tenía postrado. No sabía qué hacer.

-¿Y a dónde la voy a llevar? No tengo casa.

-Tranquilo; eso es cosa mía. El lunes de la semana que viene salgo de viaje. Conozco a una que te va a encantar. Se llama Claudia.

Aquel lunes Marcos sufrió un grave accidente en la carretera. Mientras se debatía entre la vida y la muerte en un hospital a cien kilómetros de su ciudad, Luis ocupaba su casa y probaba por primera vez los más deliciosos placeres de la vida con una mujer que le abrió de par en par las puertas del paraíso, con 69 y francés incluido.

-¿Te ha gustado?

-¿¡Que si me ha gustado!? ¡Me ha encantado! Respondió, al tiempo que se levantaba de la cama de un salto y se dirigía a la habitación contigua.

-¿A dónde vas?

-A coger otras 10.000 pesetas.

Entonces sonó el timbre. Luis fue a abrir. Tras la puerta se levantaba una espesa niebla que envolvía a alguien ataviado con una capa negra y con una capucha que le cubría el rostro, si era que en verdad había una cara debajo; pues la voz cavernosa que salía de su interior parecía responder a una fuerza de otro mundo. Un aire frío entró en la casa.

-Marcos, soy la muerte. Bebes venir conmigo. No te queda tiempo.

Esas palabras, ese gélido viento y esa voz de ultratumba lo aterraron.

-Pero yo no soy Marcos. Me ha dejado su casa.

Claudia, extrañada por la tardanza, apareció en el umbral del dormitorio en ropa interior:

-Marcos, ¿Qué ocurre?

Aquello lo comprometió aún más.

¡Cállate! ¡No me llames así! Gritó mientras se giraba repentinamente hacia ella, tras oírla, palideciendo.

Pero aquellas palabras no pasaron desapercibidas a la muerte. Desapareció cualquier atisbo de duda que hubiera tenido, y sin el menor resquicio de resentimiento prosiguió:

-Ven conmigo, capullín. Dijo, mientras meneaba el índice de la mano derecha en claro gesto de atraerlo hacia sí. Resignado, consciente de que cualquier intento de resistirse sería inútil, Luís avanzó, lívido, mientras la muerte le pasaba la mano por el cuello en afectuoso y mortal abrazo.

*Confío en que los seguidores de Woody Allen reconozcan en este escrito un relato que aparece en una de las películas del genio neoyorkino. Por supuesto, no voy a decir en cuál.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

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