RECUERDOS DESDE EL DESVÁN

Escrito presentado a reto del grupo

Escritores varios: Taller autodidacta.

Esta mañana abrí el desván, durante tanto tiempo abandonado. Tras aquella puerta carcomida y desteñida por el inexorable transcurrir de los años pasé a la lóbrega habitación, donde gruesas motas de polvo se habían depositado sobre los muebles y los cubrían con una niebla sedosa. Avancé un poco desconcertado, impresionado por el terrible cambio que se había producido en la recámara desde mi última visita, ahora poblada por arañas que habían tejido sus trampas en las esquinas del alto techo. Cogí el antiguo maletín de cuero, ése que tantas veces había gastado para mis clases de literatura, donde había guardado los más hermosos recuerdos de los últimos veinte años. Soplé con fuerza para despejar el polvo que se había amontonado; se esparció por el aire y me hizo estornudar violentamente durante unos minutos, e incluso llegaron a lagrimearme los ojos, debido a la reacción que me provocó.

Resolví que era mejor tomar las escaleras y regresar al comedor con calma, antes que quedarme en aquel lugar que se me hacía tan inhóspito, rodeado por todos aquellos fantasmas, esas minúsculas motas de polvo que como un ejército se agrupaban y se unían a todo mi pasado, ése que estaba en cada silla, en cada libro, en el aire viciado que me llevaba de regreso a los momentos vividos hacía ya tantas décadas, con todos los seres queridos que habían dado un poco de luz a mi miserable existencia.

Me senté en el sofá de la salita, bajo la ventana, y con la luz del mediodía abrí el maletín. Extraje la antigua Polaroid, ya desgastada e inservible, convertida en pieza de museo, en uno de los muchos amuletos de mi vida. Con ella había inmortalizado tantos instantes que me había llenado de gozo, instantáneas que me habían hecho feliz y me habían arrancado sinceras sonrisas. Acaso presintiendo la fugacidad de mi alegría, o previendo los lúgubres días que traería el futuro, cuando los pesares acudieran a nublar mi mente por la ausencia de familiares y amigos, me había apresurado a tomar aquellas fotografías.

Ahí estaba con mi padre cuando me licencié; en otras aparezco con mis hermanos en algunas excursiones a la montaña; en otras tantas estoy con mis sobrinos. Ésta es de aquella noche en que celebramos la boda de Andrea y Carlos. Ahí estás en medio de Ana y de Verónica, radiante, como siempre, con ese vestido rojo que tanto te gustaba, resaltando la pasión de tus deliciosos labios carmesí. Estabas tan preciosa que no podía dejar de mirarte. Me maravillaba tu alegre sonrisa, esa mirada sensual y coqueta, tus delicados movimientos… Todo. Aquella noche me cautivaste.

Han pasado tres años desde aquello, y ahora me reprocho haber sido tan cobarde, no haberme atrevido a decirte lo que sentía, dejarte marchar por temor al rechazo. Acaso tuviera mis motivos, y el amor que hubiera querido darte nunca habría sido suficiente; acaso nunca podría haberte hecho feliz, y mi silencio fuera la mejor opción. Pero ahora me remuerde la duda de pensar en qué habría ocurrido, en si habría podido compartir estos años contigo, en si le habrías devuelto la llama a mi vida.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

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