AÑORANZAS

Acaso fuera otro tiempo; otro lugar, tal vez, el más propicio para mi alma, el más acorde con estos sentimientos que me embargan, pensamientos donde se dan cita el placer, la dicha en forma de fervoroso deseo, de un ansiado anhelo que sólo cobra vida en mi imaginación, en mis sueños, donde consigo llevar a cabo todo cuanto se me ha prohibido; pero también un intenso dolor, una melancólica sensación, por saber que cuanto codicio sólo me es dado en el mundo de Morfeo, mas no es real, algo que pueda disfrutar sin perder la conciencia, sin evadirme de este mundo deleznable donde malvivo.

Quizá debiera haber sido en otro siglo, cuando el romanticismo parecía impregnar los corazones de las gentes; cuando un amor real incendiaba dos almas y por esa ardorosa pasión se corrían los mayores peligros, sin siquiera importar perder la vida en tan arriesgada empresa, pues la muerte era bienvenida si acogía a dos seres el uno al otro entregados. Su existencia en solitario carecía de sentido, y no dudaban, si era preciso, en invocar a las Parcas y emprender el luctuoso viaje en compañía de Caronte, sabedores de que sus espíritus se gozarían libremente en las moradas de Hades.

Época en que los escritores y los poetas esculpían sobre el papel estos hermosos amores, acaso disfrazando el nombre de una noble dama, o bien por dar gusto a quien con tales historias y tan románticos versos se deleitaban, quizá por verse en ellas reflejadas. Época de honor, de principios, de valores, cuando el aroma de los libros se respiraba en las habitaciones y las personas nacían, vivían y morían en una comunidad sin ambiciones, con el único deseo de ser felices, de compartir una armonía, acaso de descubrir ese extraño misterio de la existencia.

Pero vivo en mi siglo y en mi tierra. Se han perdido los valores que antaño marcaran varias generaciones; las gentes de hoy día viven distantes entre sí, aunque las distancias se hayan acortado, y aceptan la vida más insípida; ya no existe esa pasión, ese sentimiento con que el sublime poeta del XIX despertaba las más tiernas emociones de quienes lo leían; aquél que con sus delicadas y dulces rimas hacía brotar gritos de entusiasmo de las almas de quienes lo escuchaban; aquél que conocería la fama años después de que lo acogiera la temprana muerte, una temprana muerte que le llegó para privarnos de su magia. No fue por efecto de un lance de amor, ni entrega voluntaria al ocaso, sino como triste víctima de un terrible infortunio.

A esa época me debo, como a aquélla en que la sangre brotaba voluntariamente de los cuerpos, para que sus almas se dieran en la muerte el beso que en vida sus labios no pudieron; cuando no vacilaban en ingerir voluntariamente el mortal veneno, o cuando decididamente clavaban una lanza al unísono en sus desnudos pechos.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

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