16-E

Hacía mucho calor para aquella época del año, pleno invierno; era poco menos de mediodía y el termómetro superaba los 20ºC. Pero ya hacía años que se había resignado a esa situación, a esa inevitable pérdida del frío que tanto le reconfortaba, ese frío que figuraba en su memoria entre los recuerdos más tiernos de su niñez, cuando salía a la calle provisto de un grueso abrigo que lo protegiera de los rigores invernales; o cuando al regresar a casa se cubría con las faldas de la mesa camilla, metiendo la cabeza por debajo para sentir más el calor; o cuando por las noches se acostaba en la cama, tapado por varias mantas y un forro polar, y encogía las piernas. En aquellos tiempos temía coger la gripe, mas a pesar de ello gozaba con ese clima frío, asociado a esos días cortos, cuando regresaba de escuela a media tarde y se acomodaba en uno de los sofás del comedor con la tenue luz de una lámpara, sumido en unos pensamientos acaso demasiado lúgubres para un niño de su edad, ensimismado, esperando, que algún día su suerte cambiara.

Habían pasado muchos años desde entonces. Junto a su juventud y a aquellos momentos de tan temprana melancolía, el tiempo se había llevado el frío. Ahora estaba sentado nuevamente frente a una mesa camilla, pero en otra casa; la mesa carecía de manta y, obviamente, de brasero. Su tupida cabellera de antaño ahora tenía múltiples entradas; el cabello empezaba a escasear en varias partes, y en las sienes ya había algún mechón blanco. Sus ojos, que antes tenían una vista perfecta, ahora adolecían de miopía, y necesitaban usar lentes. En la cara, antes lisa y suave, ahora había una tupida barba que le ensombrecía las mejillas y un bigote que se recostaba perezoso sobre el labio superior. La televisión, a la que antes acudía asiduamente, ahora la tenía frente a sí apagada, como a un mueble aborrecible a quien guardaba un denodado rencor.

Tenía la vista clavada en el portátil, tratando de apurar los últimos minutos para acabar aquel trabajo, con el teléfono al lado, en espera de aquella llamada que debía sacarlo de sus obligaciones. Lo ojeaba ocasionalmente para responder a algún mensaje, pero escribía bajo presión, mientras bebía lentamente un café caliente sin apartar los ojos de la pantalla. No quería sudar; acababa de ducharse y debía irse en breve, pero la tensión y la alta temperatura se lo ponían muy difícil.

12:30. El contacto se retrasaba. Le llamó la atención. Media hora de retraso y no tenía noticias. Justamente entonces recibió un mensaje en que la persona en cuestión le avisaba de la demora. Un aviso que, valga la redundancia, llegaba demorado. No necesitaba leer semejante estupidez para comprobar algo que ya estaba percibiendo por sí mismo. Y ello, después de todas las molestias que se había tomado, de toda su responsabilidad. La impuntualidad y la informalidad siempre le habían exasperado; y esos defectos, además, eran muy marcados en su contacto. Pese a todo, él había cumplido su parte del trato, aunque fuera por estar a buenas con su conciencia.

A las 13:00 recibió la llamada esperada. Con una hora de retraso, su contacto acababa de llegar. Apagó el portátil y fue a recibirlo, en espera de las explicaciones pertinentes. El otro, en cambio, lo acogió con semblante serio, sin el menor remordimiento, sin el más mínimo resquicio de culpa, y sin mediar palabra se dirigieron al vehículo que los aguardaba.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

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