MÁS DE 20º

El sol seguía azotando con furia cuando llegaron al Mercedes estacionado en el sótano de unos grandes almacenes. Rodeados por aquel violento silencio que los embargaba desde su encuentro, salieron a la superficie y recibieron los duros impactos del calor. Aún con el aire acondicionado la situación se hacía incómoda; los potentes rayos pasaban a través de los cristales y les quemaba una piel demasiado blanca, demasiado sensible.

Sentado en el asiento del copiloto, no dejaba de observarlo inquieto. El contacto miraba fijamente a la carretera, sin inmutarse ante las tácitas interrogantes que le lanzaba el otro. Protegía sus ojos con unas gafas de aviador que parecían sacadas de Matrix, y que daban la impresión de ser completamente opacas; no había manera de averiguar si la persona que las portaba estaba experimentando algún sentimiento o, caso afirmativo, cuál fuera. Su semblante serio y uniforme, sin el menor gesto que proviniera de esos labios sellados para despegarlos, para dejar escapar el mínimo suspiro, acaso un fino hilo de voz, lo hacía aún más enigmático. La imagen que proyectaba a los ojos del otro era de admiración por tanta serenidad e imperturbabilidad, mezclada con un profundo odio por tan arrogante actitud. Lo veía a su lado y no sabía qué estaba ocurriendo, el porqué de su mutismo. Aquél podía ser un muñeco de cera o una simple máquina. En teoría era su contacto, estaban ambos en el mismo bando; pero, a juzgar por la actitud de éste, tenía sus dudas de que fuera así. Acaso su compañía fuera más bien un peligro.

Mientras estuvieron en la ciudad, el contacto condujo con suavidad, pero ya en la autovía pisó el acelerador con cierta rabia, siempre contenida, sin que sus cejas se arquearan un milímetro. La aguja de la velocidad ascendía rápidamente, acuciada por el impulso que le imprimía, acaso huyendo de esa cólera interna. Él miraba ahora hacia el frente, cansado de su ridículo acoso al contacto, tratando de descubrir algo que por algún extraño motivo se le ocultaba, con un ligero dolor en el cuello por la postura tan incómoda que había tenido durante varios minutos. Más relajado, ahora veía acercarse raudamente los árboles; fugaz paisaje que huía para dar paso a otro no menos efímero en una absurda sucesión que parecía no tener fin. Acaso como la sucesión del tiempo, de su propia vida, sin admitir objeciones; el presente que huía y se convertía en pasado; el futuro, tan lejano hasta que de repente se le alcanzaba y se convertía en presente, sólo para al momento ser pretérito; y el pasado, que nunca acababa de irse.

Contemplaba todo aquello mientras empezaba a sentirse azorado. Los árboles inmóviles que de repente adquirían ágiles movimientos, se dirigían hacia ellos y los sobrepasaban; la actitud misteriosa y distante del contacto que se negaba a romper el silencio; aquel sol tan intenso que le abrasaba la piel y el aire acondicionado acariciándole benignamente. Después de tantas emociones, agotado, se dejó llevar por el sueño.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

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