LAS PRIMERAS PALABRAS

Por fin la veía. Le costaba trabajo creerlo. Llevaba tiempo deseando conocerla, abrazarla, besarla..; pero siempre lo había detenido un inmoenso pavor, el miedo a no saber cómo reaccionar, a que la satisfacción de su ansiado anhelo acabara en catástrofe y que, cual cruel profecía, la imagen de ella se desvaneciera para siempre. Pero había conseguido vencer el último escrúpulo. Ahora la tenía frente a él, a unos pocos metros. Cuando la distinguió entre todas aquellas personas, con el brazo levantado, haciéndole señas a la par que agitaba el aire, con aquella hermosa sonrisa que tanto le enamoraba, con esa expresión de alegría pintada en sus ardientes labios carmesí y en sus grandes y preciosos ojos acaramelados, corrió hacia ella y la estrechó entre sus brazos. Sin poder contener la emoción, dejó que de sus pupilas nacieran dos ríos de aguas marinas que recorrieron lentamente sus mejillas. Lágrimas de felicidad tras ver aquel sueño cumplido, tras poder abrazar a quien tanto quería, a aquel ángel lleno de bondad y de ternura que le había devuelto la vida. La besaba y acariciaba su cabello con pasión; dejaba que sus dedos se deslizaran suavemente por la intrincada selva de su larga melena azabache y que se perdieran juguetones entre sus enredaderas, mientras aspiraba su perfume para guardarlo en su recuerdo y gozaba de su presencia con los cinco sentidos. Fue un momento efímero, apenas unos segundos en que sus cuerpos se fundieron en uno solo. Hubiera querido eternizar aquel contacto, o al menos prolongarlo, pero temía importunarla y echar a perder algo tan mágico por no saber controlar sus impulsos. Se separó y la contempló con el rostro surcado de lágrimas, clavando sus ojos en los de ella, que lo miraba resplandeciente, con esa sonrisa que halló su reflejo en los labios de él. Haciendo un esfuerzo por dominarse, dijo: No puedo creerlo. Parece un sueño.

-¡Despierta! ¡Ya hemos llegado!

Entonces abrió los ojos. Se encontraba en el aparcamiento de otros grandes almacenes; estaba aturdido por el violento despertar que le habían provocado aquellas severas palabras, pronunciadas en un tono tan gélido como la temperatura de aquel sótano, nada que ver con la de afuera, que le había hecho sudar durante las dos horas de viaje. Se sintió como un padre primerizo cuando oyó las primeras palabras que le dirigía su contacto, pero no sintió la menor emoción ante el habla del hijo pródigo. O los sentimientos, si los había tenido, habían sido de desdén. Primero, porque no era su hijo, sino su contacto; segundo, porque le había roto aquel sueño tan bello con su voz cavernosa, todo lo opuesto a la dulce melodía de su hermosa sirena; y tercero, porque en su mirada, como en su tono, había antipatía y sequedad. No eran ésos los ojos que lo enamoraban, ni ésos los labios que codiciaba besar.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

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