ERNESTO

El contacto leía detenidamente la carta, con un sosiego que contrastaba con su aspecto rudo. Sin poder contener durante más tiempo la inquietud que le provocaba todo aquello, el otro decidió abordarlo:

-¿Qué hacemos aquí?

-Comer. No he comido nada desde las diez. Tengo hambre. ¿Tú no? -Pronunció estas palabras sin apartar el rostro del menú, con ese tono tranquilo que el otro no esperaba encontrar.- Si vas a tomar algo, lee la carta antes de que venga el camarero.

Extrañado, cogió la otra hoja que había y leyó el menú mientras reanudaba la conversación:

-¿Vas a decirme que hemos venido aquí sólo a comer? No es casualidad que me hayas traído a este sitio. Abajo dijiste una contraseña; tenías hecha una reserva para dos. ¿Es Ernesto tu nombre?

-Haces demasiadas preguntas. Tanta curiosidad podría provocarte algún disgusto -Hablaba sin dirigirle la mirada, clavada en la carta, aunque ya parecía haber tomado una decisión-.

-Responde, ¿Es Ernesto tu nombre? -Insistió el otro con temeraria firmeza, impulsado por la calma del contacto, que se mostraba receptivo a sus preguntas, a pesar de esquivarle la mirada y de su severa respuesta. El hecho de estar acompañados por otros comensales, además, contribuía a darle cierta seguridad. Aunque le molestara el interrogatorio, no se atrevería a nada. El contacto despegó su mirada de la carta y fijó sus ojos en los de él. Era una mirada serena y segura.

-¿Qué es verdadero y qué es falso? ¿Qué es real y qué no lo es? Supongo que para ti la respuesta más sencilla sería afirmar que nosotros somos reales; tú, yo y toda la gente que nos rodea, por poner un ejemplo; mientras que aquello que no es real responde al mundo de la imaginación, por ejemplo, el mundo de los sueños, como el que acaso tuvieras durante el viaje. Ahora bien: mientras duermes percibes tu sueño como real, y no es sino al despertar que sales del engaño. ¿Quién te dice que esto que estamos viviendo ahora no es un sueño? ¿Tienes modo de asegurarlo? ¿Acaso en los sueños no se pierde la noción del tiempo, del mismo modo que en los libros o en las películas, de manera que varios años queden condensados en un par de horas? Volvamos ahora a tu pregunta: si Ernesto es mi verdadero nombre. ¿Qué quiere decir verdadero? ¿Que figure en un documento oficial? Eso es absurdo. Lo importante es cómo se siente identificada una persona. No elegimos nuestro nombre, aunque luego podamos ir al registro civil y cambiarlo. Hacer eso cuando se es mayor de edad, después de haber estado durante dieciocho años o más obedeciendo a un nombre, no es fácil; se ha convertido en una costumbre. Además: según el momento de nuestras vidas, incluso según afinidades personales, podemos modificar nuestros deseos. Sería una locura cambiar de nombre cada año. A pesar de que todo fluye, el ser humano necesita algo fijo a lo que asirse, aunque no sea sino una ilusión. Nosotros mismos sentiríamos vértigo si cambiáramos frecuentemente de nombre; no sabríamos ni quiénes somos, nos sentiríamos nimios, insignificantes. Es por ello que, aunque nuestro parecer se modifique, nos aferramos a algo estable dentro de ese movimiento. El nombre es algo secundario, una herramienta, un simple instrumento de comunicación. Dicho esto, puedes llamarme Ernesto.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

2 comentarios en “ERNESTO

  1. jeje. Muchas gracias, amigo. El relato es la quinta entrega de un cuentecito que me estoy inventando. Me gusta la filosofía, y esta clase de reflexiones me entusiasman. Un abrazo.

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