TRIPLE DE GAMBAS

La cara del otro era un poema, acaso una tragedia griega. Con la cara abierta y los ojos desorbitados, su mirada era de perplejidad. Antes de que pudiera reponerse de aquel discurso tan inesperado y articular palabra llegó el camarero:

-¿Ya lo tienen? -Ernesto lo miró interrogativamente. El otro escondió los ojos en la carta y volvió a sacarlos al cabo de unos pocos segundos para pedir una ensalada de pasta. Su voz temblorosa reflejaba nerviosismo, desconcierto, inseguridad ante todas las fuertes e inesperadas emociones que estaba viviendo desde hacía apenas unas horas.

-Para mí una triple ración de gambas.

-¿Y de beber?

-Una botella de agua -dijo el otro-.

-Un Rioja.

-Le vas a salir barato al partido -dijo Ernesto cuando el camarero se hubo alejado.- ¿Qué ocurre? ¿Te encuentras bien? Estás lívido -dijo, mientras por primera vez aparecía una sonrisa afable en su rostro, no exenta de cierto cinismo. Aquella situación se le hacía indudablemente divertida.- Apuesto a que mi respuesta te descolocó. Cuando me viste, con mi seriedad y con mi cuerpo ciclado, pensaste automáticamente que era una persona violenta, un ser incapaz de coordinar dos frases, y aún menos de incurrir en disertaciones filosóficas.

-Sí, así es -Admitió el otro.-. Confieso que me impresionaste.

-Los griegos defendían un ideal, que más tarde lo tomaron los romanos, de cultivar cuerpo y mente, por cuanto el uno necesita de la otra, y viceversa. Es lo que hago yo.

-Ya, pero no hemos venido a hablar de filosofía -Dijo el otro, tratando de recuperar la compostura. Empezaba a romperse el hielo entre ambos. En aquel comedor, rodeados por un coro de voces que zumbaban ruidosamente, con aquella luz tenue y una comida que llegaría en breve para aplacar su hambre, las cartas iban poniéndose boca arriba. Tan sólo era el principio, pero aquello ya era irreversible; cederían uno tras otro los resortes que amparaban esos enigmas.- ¿Quién eres? ¿Qué hacemos aquí?

-Ya te lo dije; hemos venido a comer. Por lo demás, no deberías preguntar tanto. Entre otras cosas porque, aunque quisiera, no podría responderte a todo -Recuperó su tono serio y profesional, para no darle opción a tomarse demasiadas confianzas.-. La nuestra es una organización muy compleja; tanto, que no todos nos conocemos. Por esta ciudad hay muchos agentes de incógnito; su vinculación con el partido es sólo a través de una estrecha camarilla. Si alguien pretendiera traicionarnos, sería muy probable que su testimonio llegara a oídos de uno de nuestros espías, y su propia actitud iría en su contra. Mi propio comportamiento al decirte esto acaso sea algo temeraria, pero confío en mi instinto; y mi instinto me lleva a pensar que eres lo suficientemente inteligente como para no intentar nada. Además: se me ha encomendado tu protección y vigilancia, de modo que serán contados los instantes en que nos separemos -Su voz era sentenciosa, firme, sin opción de réplica. Lo miraba fijamente, con una mirada donde se mezclaban el rigor y una especie de protección paternal.-. Quizá te parezca que es una actitud muy estricta la del partido, pero no nos queda elección.

El camarero les sirvió la bebida. Dejó la botella de agua sobre la mesa y descorchó el Rioja delante de Ernesto; le sirvió y se alejó discretamente.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

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