CARLOS

-¿Dónde estamos? He dormido demasiado; cuando desperté me encontraba completamente desubicado, y sigo estándolo. Tengo la sensación de haber viajado a cientos de kilómetros, pero, por otra parte, tampoco creo que hayamos ido demasiado lejos. Por muy deprisa que condujeras, dos horas y media no te habrán permitido mucho.

Ernesto se llevó la copa a los labios y bebió un poco de vino; dejó el tinto unos segundos en la boca y sintió su calor en el paladar, su gusto dulce y suave, su pausado descenso. Mantenía los ojos fijos en el otro; lo observaba con inteligente mirada, con un sosiego desconcertante.

-Sí, es cierto; dormiste demasiado. Pero has de tener paciencia. Entiendo que eres novato en esto, y la novedad asusta; ves que no puedes dominar una situación, que hay hechos que se escapan a tu entendimiento, y eso te genera cierta angustia. Es una actitud lógica, y la comprendo. Precisamente por ello, porque eres inexperto en estas lides, se me ha encomendado instruirte, mantenerte al corriente de todo, además de tu vigilancia personal, por supuesto. Como ya te he dicho, la discreción es una virtud. Si quieres saber algo, has de investigarlo por tu cuenta, inquirir sutilmente, saber cuáles son las preguntas adecuadas y cuándo los momentos oportunos para hacerlas. Desde que nos hemos encontrado, por ejemplo, yo me he dedicado a observarte, a ver cómo reaccionabas, a ver cuál era tu temperamento. Eso es lo que verdaderamente importa de una persona; de ahí puede extraerse valiosa información. Me retrasé en llegar. Tú me recibiste con brusquedad, pero fue una rabia contenida. Aguardaste con calma a que yo tomara la palabra y te diera explicaciones, aunque por dentro ardieras de cólera. Nunca me retraso lo más mínimo; llevo la puntualidad a rajatabla, y exijo lo mismo de los demás.

Aquella era la explicación que llevaba tanto tiempo esperando. La escuchó atento, con cara circunspecta.

-¿Entonces todo esto ha sido una prueba?

-Así es -respondió Ernesto sin inmutarse-. No hay nada en mí que sea gratuito; todo tiene una causa. Tú superaste la prueba con tu templanza. Esa actitud te convertirá en un buen agente. Lástima que lo empañaras con esa curiosidad insana.

-¿Así que lo importante es la persona en sí? ¿No vas a preguntarme mi nombre siquiera?¿Vas a tratarme siempre de una manera anónima? ¿Vas a esperar a que se me caiga la cartera del bolsillo?

-Tu nombre es tuyo y a mí no me interesa; decírmelo o no, es algo que debes elegir tú si lo consideras oportuno. Por otra parte, en la sociedad me informaron que debía llamarte Carlos. Al margen de eso, para satisfacer tus ansias de conocimiento, te diré que estamos en la sede del parido. Elegimos un local abandonado por motivos obvios que, por tanto, entenderás.

El camarero llegó con la ensalada de pasta y la primera ración de gambas.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

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