DOS ESTRELLAS

Salieron del restaurante minutos después de las 23:30. Fueron de los primeros comensales en abandonar el local tras el largo y distendido banquete, que había conseguido limar las asperezas iniciales con aquel vino que caía ligero y diluía las suspicacias de Carlos, al tiempo que, más desinhibido y espontáneo, participaba de la generosidad y de la riqueza gastronómica del partido.

Ya en la calle, Ernesto volvió a marcar el paso. Caminó con decisión hacia la otra salida del pasaje; luego siguió otros trescientos metros antes de meterse por un estrecho callejón pobremente alumbrado.

-¿A dónde vamos? Nos estamos alejando del coche.

-No podemos ir al hotel con un Mercedes. Llamaríamos la atención. Gustavo lo recogerá.

-¿Gustavo?

-El cocinero. Ahora toca cambiar de vehículo. Es algo muy habitual entre nosotros, para evitar que nos localicen.

Tras media hora recorriendo quedamente las silenciosas calles de aquella ciudad llegaron a un Seat Ibiza negro. Estaba aparcado en un descampado que a aquellas horas se presentaba vacío, desierto, silente como sus propias voces.

-Esto nos servirá. Sube. Espero que no te quedes dormido como esta tarde. El trayecto es mucho más breve, pero quién sabe. Después de un día como el que has tenido y dos Riojas, todo es posible.

Fueron sólo diez minutos los que los separaron de un hotel de dos estrellas situado en el casco antiguo. Era un edificio antiguo, con una pesada puerta de hierro. El nombre de hotel, Hotel República, aparecía flanqueado por los dos astros, con una reproducción del cuadro de La libertad guiando al pueblo debajo. Les atendió un hombre entrado en los sesenta, con una calvicie avanzada y unos ojos que miraban aviesamente.

-Buenas noches, Ángel. La 406 y la 407.

Entraron a la recepción y el encargado les dio las llaves. Era una estrecha salita, desprovista del mínimo mobiliario, con las pareces desnudas, pintadas de color crema. Sin lugar al diálogo, subieron al ascensor.

-Tú te hospedarás en la 407. Es mejor que cada uno ocupe una habitación.

-¿Continuamos con el juego de las apariencias? -Esta vez era Carlos quien lo miraba con un deje de picardía.

.Creo que ya vas comprendiendo. El desayuno es a las ocho y media. Vendré a buscarte.

La sobriedad del hotel se extendía a la habitación, amueblada sólo con una incómoda silla de hierros y un pequeño escritorio, que no habían de serle de ninguna utilidad. En el armario, en cambio, había cinco trajes como el que vestían Ernesto y el resto de personas que había encontrado en el restaurante. En la mesita de noche contigua a la cama, una escueta nota manuscrita le informaba que debía tomarla y vestirla durante las reuniones del partido. Sin embargo, ninguna palabra sobre un pendiente que halló debajo de la almohada. Era discreto, como una perla blanca, acaso como el seno de una mujer. En un principio se dijo que sería un descuido, una negligencia del servicio de limpieza, que había dejado ahí un recuerdo de la anterior huésped. Pero pronto cayó en lo absurdo de su razonamiento, Era imposible que el servicio hubiera cometido semejante error. Recordó, además, las palabras de Ernesto: Nada de lo que él hacía era casual; no debía hacer preguntas inoportunas, y debía estar atento. Resolvió no decirle nada, y averiguar por sí mismo si aquello era otra prueba, o bien si alguien más en el hotel tenía acceso a su dormitorio.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s