UNA ENIGMÁTICA MUJER

La habitación quedó sumida en la oscuridad en cuanto apagó la luz y se hundió en la cama, agotado por tan larga jornada. Abrazado por aquel sueño profundo, la pálida luz que entraba en el dormitorio a través de las estrechas rendijas de la persiana le daba a su rostro una claridad mortecina, mientras las paredes se impregnaban de un color ceniciento. Las lejanas calles de las afueras ya habían enmudecido a aquellas primeras horas de la madrugada, ahogadas en un sepulcral silencio, abandonadas al descanso.

En medio de aquel estado onírico, de aquella plácida inconsciencia, sin embargo, aún se sentía alerta, intrigado por la inesperada sorpresa que había hallado. Así, intranquilo, llegó a percibir la sigilosa apertura de la puerta. Abrió los ojos, preocupado. Pensó en avisar a Ernesto. Un grito, un simple grito contra la pared, hubiera bastado para que llegara. No obstante, su curiosidad fue mayor. Prefirió correr aquel riesgo, cometer aquella imprudencia.

Delante de la puerta alcanzó a distinguir la silueta de una mujer; sus negros cabellos caían descuidadamente sobre los hombros, cubiertos por un batín blanco que le llegaba hasta los tobillos. Tras unos pocos minutos se llevó una mano al cinturón y tiró de él lentamente; el batín quedó desabrochado, y tras un sutil gesto de hombros cayó al suelo. Entonces dejó entrever su hermosa desnudez; su piel morena, sus turgentes pechos, su vientre liso, sus firmes muslos, la puerta de su pecaminoso deseo. Sin poder moverse, sin dar crédito a aquello, Carlos la contemplaba abstraído, con los ojos en trance. Ella avanzó con calma hacia la cama, con sensuales y felinos movimientos. Apartó la sábana con delicadeza y se acostó a su lado sin decir palabra, observándolo con una hipnótica mirada cargada de lujuria. Incrédulo, paralizado por la resolución con que actuaba ella, la dejaba hacer, preguntándose quién sería aquella enigmática mujer que había entrado tan resueltamente en su apartamento y que sin decir nada se había acostado junto a él; aquella enigmática mujer que ahora lo rodeaba con ambas manos y le devoraba ávidamente la boca con prolongados besos. Pero prefirió olvidar todas sus dudas, todas sus preocupaciones, y gozar de aquel momento; desatar todas sus pasiones, como ella había desatado su cinturón hacía un instante, y sentir vibrar su cuerpo junto al de aquella desconocida, seguramente la dueña del misterioso pendiente, que con aquel juego le había insinuado sus intenciones, aunque él se empeñara en negarlo, aunque quisiera engañarse a sí mismo. En el fondo sabía que aquello había de ocurrir, y lo deseaba. Ahora ella estaba encima de él, arrebatada por un ardiente fuego. Era consciente de que esa noche no dormiría, pero no le importaba.

A las 8:00 sonó el despertador de su móvil. Se estiró perezosamente unos segundos y se levantó enérgico. En media hora esperaría el desayuno.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

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