ENTRE LA NIEBLA

Una noche cerrada, sin luna. Un gélido viento silbaba por las calles su fría danza invernal; las aceras estaban húmedas, como los cristales de las casas, que permanecían empañados a esas horas de la naciente madrugada. No acostumbraba pasear tan tarde, y menos por lugares tan desolados, que en aquellas fechas, cuando el país entero atravesaba por una situación tan crítica, se hacían aún más peligrosos. Todos los días amanecían con cadáveres con heridas de cuchillo o de bala, tendidos en el suelo, rodeados por grandes charcos de sangre. Era una situación atípica, que desgraciadamente empezaba a convertirse en habitual. Escenas dantescas que sembraban el miedo entre la población; el temor a asesinatos, asaltos y robos, a los cuales se unía el peligro de violaciones en el caso de las mujeres.

Pero, a pesar de todo, aquella noche no pudo quedarse solo en casa, abatido por las duras angustias que le aquejaban, sin más que unas pocas pesetas en los bolsillos, sin trabajo, abandonado por su mujer. Se sentía tan hundido, que ya nada le importaba. Necesitaba vagar por la oscuridad, pensar con aquel aire frío que le azotaba las mejillas, que le arrancaba de sus ojos nublados algunas lágrimas que se precipitaban contra el suelo humedecido; con aquel aire frío que ahogaba sus sordos gemidos con su raudo vuelo. Más que andar, arrastraba los pies pesadamente, sin prisas, meditabundo, despreciándose, casi deseando que se acabara todo aquello. De repente notó el contacto de un hierro contra su espalda, y le llegó al instante una voz severa y amenazante, Dame todo lo que tengas. Sin embargo, se mostró indiferente a aquel tono, a las palabras de aquél que le encañonaba y que con un simple gesto podía matarlo. Apretar el gatillo, y esa mañana su cuerpo sería uno más de cuantos darían el macabro buenos días a los habitantes de la ciudad, en medio de otro charco de sangre.

Siguió caminando sin detenerse, sin inmutarse siquiera, casi aguardando el tiro que aliviara sus males. No fue, por tanto, gesto de altanería ni desafío, sino de derrota, de abandonarse al destino, dispuesto a aceptar cualquier suerte. El atracador cayó entonces en la cuenta de lo que sucedía. Impresionado, comprendió cuán hondo debía de ser el pesar de aquella alma desconsolada que casi parecía suplicarle desde el otro mundo la muerte. Se sintió conmovido, invadido por una nube de compasión. No valía la pena segar aquella vida, gastar una bala en un ser tan desdichado. Bajó el brazo lentamente y vio cómo se alejaba aquel espectro, aquellas anchas espaldas con la cabeza caída, con la mirada perdida; aquel hombre que en su triste infortunio no había vacilado en entregarle su último suspiro, dispuesto cuanto antes a cruzar el ancho río. Observó con melancolía su marcha, y mientras desaparecía entre la espesa niebla se dijo que era él mismo, y que otro día otra mano piadosa dejaría caer el arma, al tiempo que él se esfumaría y se confundiría entre los muertos.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

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