UN ESPÍRITU SERENO

A aquellas tempranas horas del naciente día el sol se ocultaba perezoso en un cielo ennegrecido, cubierto por oscuros nubarrones que descargaban con fuerza. La lluvia se precipitaba torrencial, inundando las calles con sus gélidas aguas y empañando los cristales de los vehículos, que a duras penas podían avanzar por la carretera, privados de visibilidad y con el asfalto resbaladizo y anegado de charcos. Pese a todo, él caminaba resuelto hacia la parada de autobús en compañía de sus dos hijos, cada uno de una mano, para que tomaran el transporte escolar, enfundados los tres en sus impermeables para soportar la tormenta diluviana y hacer frente al frío viento que golpeaba contra sus cuerpos aquella mañana. Pero el tráfico era muy lento, debido a las condiciones adversas, que obligaban a extremar las precauciones. Hasta una hora estuvieron sentados en aquella marquesina, resguardados, esperando pacientemente.

Cuando por fin llegó el autobús, se despidió de sus hijos con sendos besos paternales cargados de afecto y se dirigió hacia la Universidad. La reciente muerte del dictador, pocos años antes, había llenado las conciencias de esperanzas de cambio; en el aire se respiraba ilusión por un renacimiento, por un futuro lleno de nuevas oportunidades. Él, participando de tal optimismo, había decidido compatibilizar su trabajo con el estudio de otra carrera, filosofía. Siempre le había apasionado esa disciplina, y ahora podía profundizar en ella. Pero debido a los avatares de la jornada llegaría tarde, a pesar de que la puntualidad era tan importante para él; y, lo peor, se retrasaría en aquella asignatura cuyo profesor, forjado bajo el estricto régimen de la dictadura, se daba ínfulas de dios.

Pasaban de las 10:15 cuando llegó a la facultad con la gabardina empapada; el agua chorreaba como ríos desbordados y se precipitaba contra el suelo en continuas gotas. La puerta del aula estaba abierta; a través de ella se oía la voz severa del docente, que declamaba frente a un auditorio pasivo, con la mirada clavada frente a sus cuadernos para tomar apuntes. Pero él no iba a dejarse amedrentar. Ya tenía su trabajo; estudiaba por amor al arte, y nadie podía humillarlo.

Con resolución entró en el aula y colgó la gabardina chorreante de una de las perchas. El profesor, molesto por la tardanza y la interrupción, le ordenó cerrar la puerta; él, con el ceño fruncido, acató el mandato sin rechistar. Con ambas manos asió el pesado hierro y dio un rotundo golpe que resonó en toda la sala, que quedó en silencio. Tras ello descendió las escaleras con calma y se sentó en primera fila, frente al profesor, que lo observaba con expresión de odio; extrajo un libro de la mochila y empezó a leerlo. El otro no pudo soportar la indignación por más tiempo:

-Usted, ¿Qué lee? -inquirió con arrogancia.

-¿Yo? Un libro -respondió, indiferente.

-A ver, suba aquí. Lea.

Sin inmutarse, accedió a la tarima y empezó a recitar: Igualmente sería infantilmente soberbio considerar que el ser humano fuera capaz de causar el más mínimo daño o el más mínimo sufrimiento a una divinidad omnipotente como se supone que sería el dios cristiano, a pesar de que el antropomorfismo de la Biblia -y, en general, de todas las religiones- nos presenta en demasiados momentos a un dios colérico, vengativo, cruel e iracundo, como si estuviera especialmente interesando en dar órdenes al ser humano y como si la obediencia o la insumisión humana pudieran afectarle lo más mínimo, suposición que se encuentra igualmente en contradicción con su teórica inmutabilidad y omnipotencia en cuanto la distancia entre el dios cristiano y el hombre sería tan absoluta que éste no tendría la más remota posibilidad ni tampoco el deseo de ofender a su dios.

-Está bien. Puede sentarse.

-Pues ahora no me siento -dijo, desafiante-. Es más: le reto a un duelo a muerte cuando acabe la clase. Le dejo escoger el arma.

Los estudiantes, que contemplaban la escena atentos, enmudecieron. El profesor palideció, con un frío que le recorrió las entrañas. Él, con la misma serenidad, bajó a su asiento y continuó leyendo.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

9 comentarios en “UN ESPÍRITU SERENO

    1. jajaja. Moltes gràcies, Lidia, però no sòc tan enginyós. L’anècdota és real; li va ocòrrer a un amic (ell era l’alumne). El que és un anacronisme és el text que llegeix, que pertany a un llibre que escrigué mon pare l’any passat (ell és professor de filosofia).

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      1. Ah, sí?! Què interessant! Ja ho diuen: «la realitat supera a la ficció». Així, veig que el fet d’escriure, el portes a la sang. M’imagino que les converses entre el teu pare (filòsof) i tu (historiador) deuen ser dignes de sentir! Una abraçada matinera! 😉

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      2. jajaja. Moltes gràcies, Lidia. Són converses gaire interessants, la veritat. M’agrada aprendre; per això sempre que puc parlo amb gent gran, per tratar d’instruir-me. Una abraçada!

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      3. Per mantenir viva la memòria històrica s’ha de fer així com dius, parlant amb la gent gran. Jo també ho faig sovint. Però a mon pare només li interessa parlar de futbol (a mi no m’agrada), del camp (és pagès) i de política. Està sempre al dia de tota l’actualitat. Jo, que visc una mica en el meu món i no me n’assabento de res, ell sempre m’informa de tot el que passa!! Jajaja Una abraçada!

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      4. jajaja. A mi em passa una mica el mateix q a ton pare: no m’agrada gens el futbol (tot i q sí q m’agradava quan era petit), i intento estar al dia de l’actualitat política, cosa difícil per a mi, ja q no veig la tele, jajaja. Una abraçada.

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