MÁRMOL PULIDO

Resguardados bajo la sombra de los cipreses, descansaban apoyados contra sendas lápidas. Carlos había escuchado con vivo interés el soliloquio de Ernesto, siempre ansioso por desentrañar los misterios que escondía su contacto. Se miraron en silencio durante unos segundos. Luego Carlos, satisfecho por las cultas palabras de aquél que no dejaba de sorprenderle, cómodo con el mármol que servía de respaldo a su espalda, cerró un poco los ojos y dejó caer la cabeza sobre el hombro izquierdo para disfrutar mejor del aire fresco que le acariciaba la cara. Se sumió en una especie de ensoñación transitoria durante unos pocos minutos; sus pensamientos vagaron libremente mientras recordaba aquel discurso y se sentía transportar a ese mundo de ultratumba donde no cabían voces, donde no cabían respuestas, donde se perdían las preguntas, de donde nadie regresaba. Se sentía turbado por todas esas ideas que, no obstante, compartía. Hubiera querido objetar algo, poder contestar a aquellas ideas que le parecían tan tristes, tan desesperantes en el fondo; pero no tenía medios. Acataba tácitamente su tesis.

Finalmente volvió a abrir los ojos y giró un poco la cabeza hacia la lápida:

-¿Jonás Zuckelroth?

-Un buen tipo -contestó Ernesto con una sonrisa irónica-. Fue cliente nuestro. El narcotráfico le proporcionaba pingües beneficios, pero también le costó la vida a mucha gente. El tipo que tienes debajo no vaciló a la hora de deshacerse de aquéllos que le podían entorpecer el negocio; sobornó a muchos policías y a otros sencillamente los eliminó. Pero, como de costumbre, se le fue la lengua una noche en la habitación; se le veía muy alegre cuando se reía de aquel sargento al que balearon hace ahora tres años. La grabación llegó al juez de manera anónima y al día siguiente el hotel estaba lleno de coches de policía que traían una orden de arresto. El infeliz salió con una sonrisa, seguro de que no tenían ninguna prueba; pero en el juicio vio la cinta. Creo que entonces su rostro cambió más veces de color que las luces de una discoteca; pasó del rojo más intenso por lo ridículo que estaba cantando desnudo con esa cara de idiota a una completa palidez. Se desmayó ahí mismo y tuvieron que atenderlo. Son cosas absurdas que nunca entenderé: auxiliar a un miserable, a un mafioso, a un asesino probado. Cuando la vida de alguien supone un peligro para la existencia de los demás, ¿hasta qué punto tiene derecho esa persona a seguir respirando? El debate es muy polémico y nada sencillo. Si no lo expones con calma, puedes caer en el totalitarismo, o pueden tacharte de extremista o de algo peor. Porque, en última instancia, ¿quién tiene derecho a decidir sobre la vida de los demás?, ¿Quién puede juzgar si los demás pueden vivir? En este caso, por ejemplo, había pruebas sobradas, pero ¿sería siempre así? Y el presunto asesino, ¿no merece la posibilidad de la reinserción, una segunda oportunidad? Cuando un país ataca a otro amparándose en que sus legisladores oprimen a la población y con su propio ataque generan una gran mortandad entre la población civil, ¿no podemos concluir que los gobernantes del país agresor son tan asesinos o más que el desgraciado de Zuckelroth, pues causan muchas más víctimas? Y si dichos gobernantes aplican sobre su propia población una serie de medidas opresoras, del mismo modos que hacen con el tercer mundo, y llevan a mucha gente a morir de hambre o a suicidarse, ¿no son también asesinos por impulsar a tan situación? Y, en última instancia, ¿no seremos también culpables los ciudadanos por elegir políticos que actúan así, o por ver cómo se comportan y no reaccionar?

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

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