PASOS EN LA NOCHE

La tarde se nubló inesperadamente. Un cielo encapotado había precipitado la noche y había hecho resurgir el invierno por unas pocas horas, con una temperatura un tanto más apropiada para esos meses. El aire soplaba con olor a humedad, presagiando unas lluvias que no tardarían mucho en llegar. Fue por ello que prefirieron abandonar temprano el restaurante, en previsión de un aguacero que se les pudiera hacer un tanto incómodo, para recortar la distancia que les separaba del hotel sin sobresaltos. Caminaban de prisa, a grandes zancadas. Carlos pensaba en Jonás, en aquel acto de heroísmo y de honor que le había llevado a abrazar la muerte sin remordimiento. Sentía una admiración póstuma hacia aquel personaje tan polémico, que después de desafiar al Estado y de segar tantas vidas había decidido acabar con la suya. Ernesto seguía callado; parecía turbado. Dio varios rodeos por calles estrechas y solitarias en un ir y venir que parecía devolverlos al punto de partida y alejarlos. Carlos se mantenía expectante; temía ser indiscreto, pero empezaba a inquietarse. Llevaban veinte minutos recorriendo calles que no había visto antes, y su contacto se mostraba inusualmente nervioso.

-¿Qué ocurre?

-Hay dos tipos que nos están siguiendo desde que hemos salido del restaurante.

Cruzaron bajo un puente románico. Desembocaba en una ancha plaza que la posible tormenta había dejado vacía. La oscuridad momentánea del improvisado túnel les sirvió de ayuda.

-¿Has manejado alguna vez una pistola?

-Puedo intentarlo.

-Más te vale que sepas -le dijo, mientras le acercaba una pistola-.

A la salida del túnel Ernesto esperó junto a la pared. Un poco separado de él, un metro más atrás, Carlos se mantuvo vigilante. La oscuridad del cielo se había aliado con ellos. Ernesto agarró con fuerza al primero y lo arrojó contra las rocas, al tiempo que Carlos disparaba en el hombro al otro antes de que pudiera reaccionar. Mientras el primero yacía inconsciente en el suelo, Ernesto le quitó el arma y se la dio a su compañero. Luego hizo lo propio con el segundo, que se quejaba de dolor, y lo sentó al lado del otro.

-¿Por qué nos seguíais?

-¡Déjame en paz, rojo de mierda!

Ernesto le dio un puñetazo que lo dejó aturdido.

-Vamos a ver, campeón: no estás en situación de negociar. Puedo darte una paliza y dejarte aquí bañado en tu propia sangre antes de que se la lleve la lluvia. No me temblarán los puños, del mismo modo que tampoco vacilaré a la hora de apretar el gatillo.

-Luis Ortega nos avisó. Meteos en vuestros rollos y dejad de tocarnos los cojones o acabaréis mal.

-No seréis tú ni tu amigo quienes nos hagáis callar, precisamente. Continúa apuntándoles. Si el otro se despierta e intenta algo, no dudes en disparar -le dijo a Carlos. Entonces se agachó junto al herido y le quitó la gabardina con cuidado. Sacó un pañuelo de un bolsillo del pantalón y se lo anudó debajo de la axila-. Tranquilo; no te asustes. Esto detendrá la hemorragia. Vosotros sí que tendríais que dejarnos en paz. Sois el cáncer que está devorando este país.

Se levantó tras vendarle la herida y regresaron a través del túnel.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

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