RIGOR SIBERIANO

Se habían alejado unos metros del puente cuando empezó a chispear. Las gotas caían con mansedumbre, todavía perezosas, pero cada vez en mayor número.

-¿De verdad vas a dejarlos ahí?

-No pretenderás que los lleve con nosotros. Ésos dos son unos matones. Ya pueden dar gracias de que no les hemos hecho más. Eso sí: no me pidas que me encargue de su supervivencia. Eso ya es problema suyo. Lo que les pueda ocurrir no me incumbe.

-No quería decir eso, sino todo lo contrario. No entiendo por qué no los has rematado, cuando ellos tenían orden de matarnos.

Ernesto sonrió. Lo miró con sus grandes ojos, humedecidos por la lluvia; resplandecían con un color ceniciento por el reflejo de la luz de las farolas. En su mirada había una cierta sorpresa, una cierta admiración.

-Eres más sanguinario que yo. Creo que tú les hubieras vaciado el cargador. Sin embargo, yo todavía tengo algún escrúpulo que me impide acabar con una vida, salvo que sea estrictamente necesario. No me gusta la sangre ni tener que ajusticiar a nadie, por más que lo tenga merecido. Aprieto el gatillo en defensa propia, mas procuro evitarlo. Por cierto, para ser la primera vez que disparas lo hiciste muy bien. ¿Querías darle en el hombro?

-Supuse que querías interrogarlo. Además, tú llevas más tiempo en esto. No quería eliminarlo sin tu permiso.

-Mira que eres bruto. Deberías controlar esa impulsividad. Como ya te dije, por despreciable que sea esta gente, están enfermos. Está claro que su enfermedad nos perjudica a los demás; es su vida a costa de la nuestra. Pero esta gente siempre necesita tener más, nunca se conforma con nada. Y eso genera una infelicidad incurable. Pero bueno, ahora corramos, que se está cogiendo y no quiero levantarme con una pulmonía.

Llegaron al hotel a media noche, después de media hora, ya con las camisas empapadas. Ángel seguía leyendo a Dostoievsky vorazmente. Había empezado el libro por la mañana y ya llevaba más de cien páginas. Ernesto le saludó con humor.

Crimen y castigo. Lo leí a los dieciocho. Me sorprende que lo descubras ahora.

-Yo lo leí a los diecisiete -atajó Ángel implacable-, pero es una gran novela de psicoanálisis que siempre conviene releer. Además, como ya sabes, de cada relectura se puede extraer algo nuevo que no se ha captado en la anterior. Y también es interesante contrastar las traducciones, e incluso las introducciones. La vida del autor, su personalidad, nos dice mucho sobre su obra. Dostoievsky es para mí alguien admirable; era pobre, escribía bajo presión para poder ganar dinero para sobrevivir, y sufría fuertes ataques de epilepsia. Y pese a ello escribió muchas obras excepcionales. Es lo que tienen los rusos: una gran Nación, llena de rigores, desde los climáticos hasta los políticos, que producen mentes taciturnas de lo más brillantes.

-Coincidimos nuevamente. Bueno, creo que más vale que subamos a descansar. Hemos tenido un día complicado.

-Sí,ya veo. Daos una ducha caliente. Se os ve agotados.

-Gracias, amigo. Nada que no arreglen unas cuantas horas de sueño.

-Imagino. Pero antes de que os vayáis voy a dejarte el libro. Échale un vistazo a la traducción y luego me cuentas. Cuidamelo bien.

-Descuida. Los libros son sagrados para mí, sobre todo cuando me los prestan -respondió Ernesto, y se dirigieron hacia el ascensor.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

2 comentarios en “RIGOR SIBERIANO

  1. ¡Vaya con los matones! Y no esperaba que Carlos fuera tan… sin escrúpulos. Ernesto, en cambio, me ha sorprendido positivamente. Aún no sé qué se trae entre manos, pero al menos veo que tiene moral. Un saludo.

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