VERÓNICA

En su ancho dormitorio de Insurgentes, ella caminaba nerviosa desde la ventana hasta la puerta; respiraba agitada mientras miraba el móvil y marcaba el mismo número una y otra vez, siempre sin obtener respuesta. Se detuvo frente al espejo del armario, que ampliaba aún más las dimensiones de la estancia y le devolvía fielmente el reflejo de su imagen. Estaba turbada; se llevaba una mano a la sien o se frotaba la espesa melena tratando de pensar con mayor claridad, al tiempo que con la otra sujetaba el celular, en espera de alguna noticia que la tranquilizara.

En el cementerio de repente aparecieron unas luces. Aún no había llegado el día en que la tierra y el cielo se besaran; Ernesto sabía que los rayos solamente se daban en el firmamento. Aunque aquellos sujetos tuvieran la vista clavada en sus manos, sabía que existía la posibilidad de que en cualquier momento alzaran las miradas y lo vieran a él, testigo inesperado. Colgó la llamada, se agachó lentamente para evitar que un movimiento brusco captara su atención y retrocedió tras cerrar la puerta, para no no hacer ningún gesto que delatara su presencia. Mientras las linternas no apuntaran hacia arriba, podía observar lo que ocurría. La luz de la pantalla del celular se encendía repetidamente. Sabía que aquella reacción inesperada, así como el encuentro que le había relatado, podían haberla agobiado; ahora estaría preocupada, angustiada. Finalmente decidió contestar.
-Perdona. Tuve que colgar. Hay cuatro tipos en el cementerio; dos de ellos son los de la 305; los otros dos, ni idea… No, tranquila. No pueden verme ni oírme… No tengo ni idea; no lo veo bien. Están intercambiando unos maletines.
Más sosegada, Verónica se había acostado en la cama; cruzaba las piernas y miraba fijamente al techo, tratando de ordenar sus ideas.
-¡Menudo susto me has dado! ¿Qué pasó con los perros?
-Los dejamos tirados en medio de la lluvia. El chico quería liquidarlos, pero no valía la pena. No creo que lleguen demasiado lejos.
-¿Crees que os vieron salir del restaurante?
-Quién sabe. Es una posibilidad. En cualquier caso, es mejor no correr riesgos. Más vale abandonar el local durante una temporada, hasta que las aguas se calmen, por lo menos. Esos hijos de puta son capaces de hacer una carnicería si nos acercamos por ahí.
Después de unas pocas horas había escampado. El cementerio estaba embarrado y húmedo. Un aire frío se colaba por las rendijas del balcón y helaba el cuarto. Atento a aquellos hombres que, enfundados en sus chubasqueros y calados por el agua no parecían tener prisa por irse, Ernesto informaba de cuanto veía.
-¿Hay alguien contigo?
-No; estoy sola.
-Eso no me hace gracia; es peligroso.
-Tranquilo. No creo que se atrevan a entrar a un apartamento del centro. Además, sé defenderme.
Poco después de caer las últimas gotas se disolvió la reunión clandestina. Como si hubiera sido la señal esperado, los dos grupos se dispersaron.
-Vaya. Por fin se van los perros. No tenían otro lugar para hacer el intercambio. Te dejo. Voy a descansar.
Autor: Javier García Sánchez,
desde las tinieblas de mi soledad.

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