FRÍO AMANECER

De repente Carlos se desveló turbado, agitado. Delante de la puerta alcanzó a distinguir la silueta de una mujer; sus negros cabellos caían descuidadamente sobre los hombros, cubiertos por un batín blanco que le llegaba hasta los tobillos. Tras unos pocos minutos se llevó una mano al cinturón y tiró de él lentamente; el batín quedó desabrochado, y tras un sutil gesto de hombros cayó al suelo. Entonces dejó entrever su hermosa desnudez; su piel morena, sus turgentes pechos, su vientre liso, sus firmes muslos, la puerta de su pecaminoso deseo… Otra vez el mismo sueño erótico.

Aquella mañana había helado; la temperatura había caído mucho durante la madrugada, y ello le había empujado a encoger todo el cuerpo para darse calor, al tiempo que abrazaba tiernamente las mantas. Despertó con una portentosa erección que pugnaba violentamente contra el colchón y se sintió intimidado ante aquella imagen que se erguía entre sus piernas. Se dijo que no podía dejarse ver así; podrían acusarle justamente de esconder un arma, y así sería, aunque no tuviera plomo en el cargador. Más valía deshacerse de toda esa pesada e incómoda munición antes de que alguien lo sorprendiera. Se dio una rápida ducha y se reunió con Ernesto.

-Lástima. Justo para una ocasión como ésta las chaquetas nos vendrían de perlas; luego las cogeremos. Por suerte, creo que en el comedor hay aire acondicionado.

La sala estaba más vacía que el día anterior. Julia, por su parte, los recibió un tanto sombría; parecía preocupada; la alegre sonrisa que lucía en su primer encuentro se había borrado de su rostro. Los acomodó en una mesa en el centro y se fue sin apenas decir palabra. Ernesto comprendió, o intuyó -acaso compartió- la causa de su zozobra y la dejó marchar sin intentar retenerla. En su cara se notaba que su descanso había sido incompleto, como lo había sido el de Carlos. Había asuntos que tratar, pero no era aquél el lugar adecuado para hacerlo. Desayunaron copiosamente y en silencio. Sabían que era mejor ser reservados y esperar a que estuvieran a solas. Aquella mañana no vieron a los engominados de la 305.

Media hora más tarde regresaron a sus habitaciones. Carlos cogió las pistolas y Ernesto cargó con el libro para devolvérselo a Ángel al dejar las llaves. Había extraído los cuatro folios, que supuso eran para él.

-Gracias. Has sido muy interesante.

-¿No quieres leerlo entero? No corre ninguna prisa.

-Muchas gracias, de verdad, pero no te preocupes. De momento tengo suficiente. Ahora estás leyéndolo tú, y no quiero cortarte. Además, con lo liados que estamos voy a tener poco tiempo, y tardaría en devovértelo; pero en un par de meses te lo pediré. Ahora vamos a salir, que queremos coger las chaquetas, o terminaremos con una pulmonía.

El cielo continuaba encapotado. Un lienzo gris se extendía en lo alto, a la par que un viento frío azotaba raudo sus cuerpos. Se apresuraron en llegar al coche y Ernesto encendió el motor. Era mejor que salieran, que tuvieran la complicidad de la carretera. Ahí, rodando por el asfalto, flanqueados por un paisaje rústico, podrían intercambiar impresiones.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad.

2 comentarios en “FRÍO AMANECER

  1. Un somni molt suggerent. I la noia… no sé, la teva descripció me l’ha fet imaginar massa perfecta, irreal!! Tot i que forma part d’una fantasia, així que suposo que és lo normal!! Jajaja M’encanta la història i em té engaxada (ja ho saps). Un abraçada. 😊

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