HISTORIA DE LA ETERNIDAD, DE BORGES

Recojo a continuación unos cuantos pasajes del primer ensayo de este libro, cuyo título -tal como en El hacedor– da nombre a la antología. Me apasionó cómo trató Borges la cuestión del tiempo, y creo que os encantará:

En aquel pasaje de las Enéadas que quiere interrogar y definir la naturaleza del tiempo, se afirma que es indispensable conocer previamente la eternidad, que -según todos saben- es el modelo y arquetipo de aquél. Esa advertencia liminar, tanto más grave si la creemos sincera, parece aniquilar toda esperanza de entendernos con el hombre que la escribió. El tiempo es un problema para nosotros, un tembloroso y exigente problema, acaso el más vital de la metafísica; la eternidad, un juego o una fatigada esperanza. Leemos en el Timeo de Platón que el tiempo es una imagen móvil de la eternidad; y ello es apenas un acorde que a ninguno distrae de la convicción de que la eternidad es una imagen hecha con sustancia de tiempo. Esa imagen, esa burda palabra embrutecida por los desacuerdos humanos, es lo que me propongo historiar.

Invirtiendo el método de Plotino (única manera de aprovecharlo), empezaré por recordar las oscuridades inherentes al tiempo: misterio metafísico, natural, que debe preceder a la eternidad, que es hija de los hombres. Una de esas oscuridades, no la más ardua, pero no la menos hermosa, es la que nos impide precisar la dirección del tiempo. Que fluye del pasado hacia e porvenir es la creencia común, pero no el más ilógica la contraria, la fijada en verso español por Miguel de Unamuno:

Nocturno el río de las horas fluye

desde su manantial que es el mañana

eterno…

Ambas son igualmente inverosímiles -e igualmente inverificables. Bradley niega las dos y adelanta una hipótesis personal: negar el porvenir, que es una mera construcción de nuestra esperanza, y reducir lo “actual” a la agonía del momento presente desintegrándose en el pasado. Esa regresión temporal suele corresponder a los estados decrecientes o insípidos, en tanto que cualquier intensidad nos parece marchar sobre el porvenir… Bradley niega el futuro; una de las escuelas filosóficas de la India niega el presente. La naranja está por caer de la rama, o ya está en el suelo, afirman esos simplificadores extraños. Nadie la ve caer.

Otras dificultades propone el tiempo. Una, acaso la mayor, la de sincronizar el tiempo individual de cada persona con el tiempo general de las matemáticas, ha sido harto voceada por la reciente alarma relativista, y todos la recuerdan -o recuerdan haberla recordado hasta hace muy poco (Yo la recobro así, deformándola: si el tiempo es un proceso mental, ¿cómo lo pueden compartir miles de hombres, o aún dos hombres distintos?). Otra es la destinada por los eleatas a refutar el movimiento. Puede caber en estas palabras: Es imposible que en ochocientos años de tiempo transcurra un plazo de catorce minutos, porque antes es obligatorio que hayan pasado siete, y antes de siete, tres minutos y medio, y antes de tres y medio, un minuto y tres cuartos, y así infinitamente, de manera que los catorce minutos nunca se cumplen. Russell rebate ese argumento, afirmando la realidad y aún vulgaridad de números infinitos, pero que se dan de una vez, por definición, no como término “final” de un proceso enumerativo sin fin. Esos guarismos anormales de Russell son un buen anticipo de la eternidad, que tampoco se deja definir por enumeración de sus partes.

Ninguna de las varias eternidades que planearon los hombres -la del nominalismo, la de Ireneo, la de Platón- es una agregación mecánica del pasado, del presente y del porvenir. Es una cosa más sencilla y más mágica: es la simultaneidad de esos tiempos. El idioma común y aquel diccionario tan asombroso dont chaque édition fait regretter la précédente, parecen ignorarlo, pero así pensaron los metafísicos. Los sucesos del alma son sucesivos, ahora Sócrates y después un caballo -leo en el quinto libro de las Enéadas-, siempre una cosa aislada que se concibe y miles que se pierden; pero la inteligencia divina abarca juntamente todas las cosas. El pasado está en su presente, así como también el porvenir. Nada transcurre en ese mundo, en el que persisten todas las cosas, quietas en la felicidad de su condición.

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Sólo me resta señalar al lector mi teoría personal de la eternidad. Es una pobre eternidad sin dios, y aún sin otro poseedor y sin arquetipos. La formulé en el libro El idioma de los argentinos, en 1928…

“Deseo registrar aquí una experiencia que tuve hace unas noches: fruslería demasiado evanescente y extática para que la llame aventura; demasiado razonable y sentimental para pensamiento. Se trata de una escena y su palabra: palabra ya antedicha por mí, pero no vivida hasta entonces con entera dedicación de mi yo. Paso a historiarla, con los accidentes de tiempo y lugar que la declararon.

La rememoro así. La tarde que precedió a esa noche, estuve en Barracas: localidad no visitada por mi costumbre, y cuya distancia de las que después recorrí, ya dio un extraño sabor a ese día. Su noche no tenía destino alguno; como era serena, salí a caminar y recordar, después de comer. No quise determinarle rumbo a esa caminata; procuré una máxima latitud de probabilidades para no cansar la expectativa con la obligatoria antevisión de una sola de ellas. Realicé en la mala medida de lo posible, eso que llaman caminar al azar; acepté, sin otro consciente propósito que el de soslayar las avenidas o calles anchas, las más oscuras invitaciones de la casualidad. Con todo, una suerte de gravitación familiar me alejó hacia unos barrios, de cuyo nombre quiero siempre acordarme y que dictan reverencia a mi pecho. No quiero precisar así el barrio mío, el preciso ámbito de mi infancia, sino sus todavía misteriosas inmediaciones: confín que he poseído entero en palabras y poco en realidad, vecino y mitológico a un tiempo. El revés de lo conocido, su espalda, son para mí esas calles penúltimas, casi tan efectivamente ignoradas como el soterrado cimiento de nuestra casa o nuestro invisible esqueleto. La marcha me dejó en una esquina. Aspiré noche, en asueto serenísimo de pensar. La visión, nada complicada, por cierto, parecía simplificada por mi cansancio. La realizaba su misma tipicidad. La calle era de casas bajas, y aunque su primera significación fuera de pobreza, la segunda era ciertamente de dicha. Era de lo más pobre y de lo más lindo: Ninguna casa se animaba a la calle; la higuera oscurecía sobre la ochava; los portoncitos -más altos que las líneas estiradas de las paredes- parecían obrados en la misma sustancia infinita de la noche. La vereda era escarpada sobre la calle; la calle era de barro elemental, barro de América no conquistado aún. Al fondo, el callejón, ya campeano, se desmoronaba hacia el Maldonado. Sobre la tierra turbia y caótica, una tapia rosada parecía no hospedar luz de luna, sino efundir luz infinita. No habrá manera de nombrar la ternura mejor que ese rosado.

30-12-2016/03-01-2017

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5 comentarios en “HISTORIA DE LA ETERNIDAD, DE BORGES

  1. Interessant assaig sobre el temps. La humanitat ha tingut una gran necessitat de donar explicació d’allò que no entenien i és evident, que el temps és una cosa que molt sovint escapa al nostre coneixement.
    Ja et vaog explicar la teoria hawaiana al respecte i la trobo molt poderosa. Borges se m’ha fet jna mica feixuc de llegir i comprendre en profunditat, no per això li resto genialitat.
    Gràcies per compartir! Una abraçada ben forta, Javi! 😊 🌟

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    1. jeje. Et dono la raó en això de feixuc. Hi ha moments en que tinc que llegir el paràgrafs dues o tres vegades, però el seu estil i la temàtica em provoquen un plaer orgàsmic, jajaja. Una altra forta abraçada per a tu, maca!

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