LA PRIMERA VEZ

Hace ya casi diecisiete años de aquello. Habían pasado nueve meses desde el cambio de milenio cuando empecé mi vida universitaria. Aferrado a algún tipo de misticismo, a alguna creencia que habitara en lo más profundo de mi subconsciente, acaso llegué ciertamente a considerar que aquella triple modificación, aquella especie de trinidad cósmica que había supuesto una metamorfosis simultánea no sólo del año y del siglo, sino incluso del milenio, entrañaría importantes cambios a gran escala. En ningún caso fui supersticioso, al menos hasta el punto de temer el apocalipsis, el juicio final y cosas por el estilo; pero, de alguna manera, guardaba la esperanza de que mi existencia diera un vuelco a mejor con aquella nueva etapa que se abría.

Inicié así mis estudios universitarios lleno de energía e ilusión, con la seguridad de que a partir de entonces todo sería distinto. Aquel primer año tenía que despertarme a las 6:00 tres días a la semana. Me levantaba soñoliento y temblando de frío, congelado por aquellas tempranas horas, pero de alguna manera ansioso por empezar el día; deseoso por subirme al tren e ir a la capital para comerme el mundo, a pesar de que en el instituto ya lo había intentado, y en cada mordisco que había intentado darle al orbe me había roto un diente. Recorría presuroso el largo pasillo de casa para tomarme lo más rápidamente un café con leche, llegando en ocasiones a quemarme la lengua, pues no podía tardar más de diez minutos en desayunar y cinco en vestirme, dado que a las 6:30 tenía que estar en la estación de ferrocarriles. Salía de casa con ese viento helado, con una luz todavía pálida, cuando las farolas recién se habían apagado, y daba largas zancadas por aquellas calles tan vacías, donde sólo me cruzaba con unas pocas personas, la mayoría condiscípulos que habían optado por otras carreras con mucho más futuro que la mía. Admito que nunca he sabido escoger, y que por ello mi existencia siempre ha estado llena de caídas y de lágrimas; que todas mis decisiones y todos mis actos siempre han sido torcidos, a diferencia de los de mis compañeros, que veían con claridad meridiana los pasos que debían dar.

El tren tardaba una hora en llegar a la capital. En los meses de otoño e invierno se me hacía tierno cogerlo por las mañanas, con aquellas temperaturas tan bajas, cercanas a los 0ºC, a veces con una lluvia que caía como agujas que se cavaban en el cuerpo y perforaban la piel; como balas que te obligaban a correr para no sucumbir ante la tormenta, ante la acuosa metralla. Entonces me refugiaba en el vagón de en medio -normalmente prefiero ése, en la creencia de que es el más seguro en caso de accidente- y veía cómo iba llenándose, en su mayoría con otros estudiantes que con su presencia traían un poco más de calor y me sacaban de mi ensimismamiento y de mis lecturas con sus voces. A pesar de que mi paz se quebrara, yo seguía leyendo, y de algún modo me sentía reconfortado por aquella vida y aquella alegría que me rodeaban.

A las 7:30 el tren llegaba a la capital; entonces me apresuraba en ir al metro, donde debía coger el transporte hacia las 7:45. Ahí me encontraba con algunas personas que me habían acompañado en el anterior trayecto y veía otras nuevas, sin importarme que todas fueran desconocidas. Yo me sentía cada vez más nervioso; cada vez estaba más próxima la hora de clase. A las 7:55 llegaba a la última parada; me esperaba caminar durante cinco minutos y subir siete pisos a pie.

Fue mi postrera ilusión, iniciada en aquel remoto año 2000. Tardaría cinco años en empezar a marchitarse. Quizá después trató de renacer, pero ya sin fuerza, como un débil canto, como una voz que se apaga, que enmudece, que queda ahogada por el llanto.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

25-01-2017.

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