INSOMNIO

Cuando aquella noche salió de casa, apenas se iniciaba el último tercio del día. Le sorprendió el aire inusualmente cálido para aquella época del año, principios de febrero, máxime porque hacía escasas semanas una ola de frío siberiano le había obligado a gruesas prendas de abrigo y a tapar la cama con varias mantas para recuperar la temperatura corporal óptima y no contraer una molesta enfermedad o sucumbir a la hipotermia. En cualquier caso, caminó por las calles despreocupado, incluso a grandes pasos, al encuentro de aquella suculenta cena que le esperaba, aunque se sintiera un poco molesto por ese viento inflamado que le hacía añorar esos días tan cercanos en que había gozado con sus propios temblores, cuando para recomponerse había tenido que abrazarse a sí mismo, a la espera de otro cuerpo que le transmitiera su calor, y encoger las piernas debajo de las sábanas. Ahora, sin embargo, la ropa le sobraba. Durante el trayecto vio un termómetro que le reveló el motivo de tantas molestias; marcaba 20ºC.

Por suerte, la cena le permitiría abandonar por unas horas esa sensación asfixiante. En aquel céntrico restaurante, bajo unas lámparas de una luz resplandeciente que impregnaba el local y le infundía mayor vitalidad, se agolpaban numerosos comensales distribuidos en diversas mesas, entregados a conversaciones distendidas y desenfadadas para dar salida a los humores de la jornada. El coro de voces se elevaba en la reducida atmósfera; voces agudas que contrastaban con otras más estentóreas, y no podían faltar los ocasionales gritos infantiles. Confundidas con todas ellas, sonoras carcajadas, muestra de la felicidad que le rodeaba, pero que le hacían ininteligibles los mensajes de sus amigos, que parecían gozar de la velada como el resto de la gente, ajenos a ese problema que le asaltaba, incapaz de participar de aquellas risas, de entrar en los diálogos de su propia mesa. Ensordecido por toda aquella algarabía, prefirió centrarse en la cena, deseando que ese mal trago pasara lo más rápido posible.

Salió del local mareado por tanto ruido. La temperatura no parecía haber variado, a pesar de ser ya entrada la madrugada, cuando esperaba que bajara unos pocos grados. Le tocó caminar con aquel sofoco, cansado y soñoliento por la copiosa cena y por el vino. Sólo quería llegar a casa y descansar; tratar de borrar de su memoria aquella noche nefanda y recibir el nuevo día con renovadas energías. En la habitación le aguardaba el fiel lecho, el incondicional compañero de desventuras, su confesor, a quien tantas veces había abrazado y regado con lágrimas, sin importarle que no pudiera oír sus palabras, sin importarle que no pudiera ofrecerle respuestas; sólo con hablarle le bastaba. Abrió la puerta y lo observó con deseo, a pesar de encontrarlo tan vacío como había estado siempre, sin mujer con la que compartir sus caricias y sus besos. Se cambió de ropa y se adentró como tenía por costumbre, boca arriba, con la cabeza ligeramente ladeada a la izquierda, para sumirse en pensamientos que lo relajaran y le ayudaran a encontrar el sueño. Pronto llegó éste; se recostó a la izquierda y quedó plácidamente dormido. Fue un sueño efímero, sin embargo; despertó al cabo de pocas horas, sudando, con un calor que le ahogaba. Durante otra hora estuvo girando a un lado y a otro de la cama, tratando de hallar un lugar más fresco, pero sin encontrarlo. Tenía dolor de cabeza. Se preguntó si podía haberle sentado mal algo de la cena; quizá esa sepia que desprendía un olor extraño. Había dudado entre comerla u ordenar otro plato, pero el pescado era uno de sus manjares favoritos, y había decidido tomar el riesgo. Sin embargo, no podía haber sido la sepia. No tenía dolor de estómago, y había hecho todas las deposiciones que su organismo precisaba. Finalmente apartó el edredón nórdico para tratar de sentirse más aliviado, pero nada cambió; vagaba de un lado al otro de la cama, molesto, y el sueño no regresaba, a pesar de que le quemaban los párpados y le ardía la frente. Se quitó la manta y la arrojó con desesperación a los pies de la cama. Creyó hallar la postura adecuada y recobrar la temperatura óptima, ahora reclinado sobre el lado derecho; sentía cómo se adormecía y sus miembros pesados se aquietaban. Pero el calor lo sacó del sueño en el último instante, justo cuando iba a cruzar la delgada línea. Nervioso, se desprendió de la sábana y se desnudó. Así, sin ropa, volvió a resbalar a la morada de Morfeo cuando un escalofrío le hizo incorporarse la manta y el cubre de los pies de la cama. Había precisado de toda aquella ceremonia para que su cuerpo se adaptara y volver a taparse hasta la barbilla, como si le asaltara otra ola de frío siberiano. Sólo entonces se durmió. Poco después entraban por las rendijas de la persiana los primeros rayos de luz y lo despertaba la vecina con sus gritos enloquecidos.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

08-01-2017.

4 comentarios en “INSOMNIO

  1. Quin mal rollo despertar-se per la calor, o per fred, o per msl de panxa o del que sigui… em fa una ràbia despertar-me de mstinada!! 😅 Em poso de mala llet, en serio!! Jsjaja I a sobre la veïna cridant?! Buf
    Molt ben descrit, Javi! Una abraçada 🌟

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  2. Son horrorosas las noches de insomnio, y luego siempre pasa eso, que cuando consigues dormir, si es que lo consigues, ya es de madrugada, cuando hay que levantarse!!! Un fastidio, pero peores cosas hay en la vida, ¿no? Una narración excelente. Besos, Javi.

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