UNA MIRADA ARDIENTE

Cogió el último tren de la tarde, agotado después de la larga jornada. Recordaba haber visto en películas trenes antiguos con espaciosos vagones y cómodos sofás para largos trayectos, donde acaso se diera la ocasión para alguna experiencia agradable, siquiera para adormecerse frente a la ventanilla y disfrutar del paisaje cambiante; ver cómo se alternaban los campos y las estaciones como si fueran fotogramas de una película que se suceden unos tras otros, y nosotros los complacidos espectadores que asistimos a la divertida función que ante nosotros desfila. Pero a pesar del cansancio no quiso recostarse y dejarse llevar a las profundidades del sueño, acunado por el suave murmullo de los pasajeros que iban sumándose al ferrocarril y por el relajante balanceo de éste. Por el contrario, luchó contra la pesada bruma que le oprimía los párpados y trató de despejarse para disfrutar de esos minutos de vida, de esa compañía ajena. Llevó una mano a su equipaje y extrajo el libro; lo abrió por la página que había improvisado con el billete y continuó leyendo con atención concentrada. Entonces emprendió un nuevo viaje, ése que le transportaba a través del espacio y del tiempo en breves segundos para depositarlo en otra sociedad, en otro país, en otro siglo, al tiempo que se desprendía de cuantos le rodeaban y todas esas voces apenas le llegaban como un inaudible susurro.

En una de las estaciones subió una mujer de mediana estatura; tenía la piel clara y una rubia cabellera que caía lisa por su espalda y armonizaba con sus alegres ojos de un color verde esmeralda, como la bufanda que graciosamente llevaba y que contrastaba con su cazadora blanca y acolchada. Fue a sentarse frente a él, que instintivamente alzó la vista del libro y examinó rápidamente su porte esbelto, como un experto coleccionista de joyas a quien una simple mirada basta para examinar la calidad de un diamante. Fue un instante fugaz, imperceptible, antes de volver a sumergirse en aquella historia que tanto le apasionaba, aquella historia que le había renovado las energías, entusiasmado por su lectura, para avanzar un poco más en las postreras horas del día.

Faltaba una estación para llegar a su destino cuando acabó de leer aquel capítulo. Puso el separador en la página correspondiente, cerró el libro y lo guardó. Entonces se dedicó a esperar con calma los últimos minutos. Apoyó la cabeza en la ventanilla, mientras todo el cansancio de la larga jornada regresaba a su cuerpo, al tiempo que ese mundo y esas voces volvían a hacerse presentes. La oscuridad del cielo, de la noche que ya se había precipitado, había conferido extraordinaria nitidez al cristal, que mimetizaba con la exactitud de un espejo cuanto había adentro, una vez desaparecidos los molestos rayos que, si bien permitían gozar de la belleza de afuera, abolían esa magia. Fue la cómplice oscuridad la que nuevamente le trajo la imagen de ella, de esa mujer que estaba sentada frente a él con la mirada perdida, aguardando también pacientemente a que el tren se detuviera. Se dedicó a examinar esa piel tersa, de finas facciones, con el recto que le ofrecía el cristal, como si su mirada pretendiera adentrarse en esa negritud impenetrable que había más allá, cuando en realidad escudriñaba ese hermoso rostro, burda imitación sin volumen, sin vida, pero que le ofrecía la seguridad que no tenía para mirarla a la cara. Ahí estuvo contemplándola largamente durante esos pocos minutos, tratando de indagar en sus pensamientos, en esa frente ancha, en esos cabellos que caían con amodorrada mansedumbre, en esas cejas concentradas, en esas grandes pestañas, cuando ella percibió que la mirada de él no era inocente; que, antes que extraviarse a lo lejos, era a ella a quien examinaba. Durante unos breves segundos se encontraron sus pupilas, siempre esquivas, en ese cristal que amortiguaban el fuego que irradiaban, que sustituía sus miradas por dos miradas que no se veían; una, encantada y apasionada por el rostro que adivinaba ahí reflejado; otra, tensa y desafiante, que parecía cuestionar el derecho de la primera a codiciarla.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

10-02-2017.

5 comentarios en “UNA MIRADA ARDIENTE

  1. Aquestes trobades en tren… molt ben descrit, tant que semblava que fos en el mateix vagó que aquesta parella d’estranys. Les mirades a través del vidre… ¿qui no ho ha fet alguna vegada? 😉
    Molt bonic, Javi! Una abraçada i bon cap de setmana! 😊 🌟

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