ESA ABSURDA GUERRA

Una lucha ancestral, que desde muchos siglos atrás había enfrentado a los hombres en dos bandos bañados por un encarnizado odio marcado por el estigma de la cruel afrenta, por una afrenta irreparable que había quedado ahogada por el transcurso del tiempo, pero que aún así aparecía en las mentes de las nuevas generaciones. Y es que en verdad nadie podía decir cuál había sido la causa del conflicto, por qué tantos hombres seguían derramando su sangre y sacrificando sus vidas con tan absurda guerra; por qué a diario enviudaban tantas mujeres, por qué a diario tantos niños quedaban huérfanos, antes de inmolarse años más tarde como antes lo hicieran sus padres, para desgracia de otras mujeres y de otros infantes y para regocijo de Ares. Y es que no había quedado testimonio escrito para el inicio de aquella bacanal de muerte y desolación que había asolado la Tierra y la regaba con tantos cadáveres; no había una causa primigenia que llevara a actuar así, perdida aquélla cuando los primeros protagonistas sucumbieron ante el fuego enemigo, o cuando la cruel anciana cercenó sus lánguidos cuellos la implacable guadaña. En cualquier caso, todos necesitaban tomar partido por uno u otro bando y volver a tomar las armas para volver a matar y volver a morir.

Extrañamente, pese a desconocerse el detonante de tan agrio enfrentamiento, las autoridades habían acumulad en su haber las tácticas militares rivales; las estrategias que les llevaban a golpear con mayor contundencia y a infligir más profundas heridas. Era ello lo que había posibilitado una evolución en la escalada bélica a la hora de tomar los fuertes y de levantar empalizadas y de lanzar sus tropas de infantería a fatales emboscadas, víctimas secundarias y despreciables que debían aceptar el sacrificio para salvar al imponente monarca que, resguardado en su castillo, dirigía el transcurso de las operaciones, sabedor de que de él dependía la suerte de sus súbditos. Los aguerridos caballeros recorrían al trote grandes distancias, asaltando las fortalezas, siempre apoyados por los poderosos obispos, que con arrogancia explotan la mitad de las tierras, en connivencia con la autoridad suprema de la realeza. Mas, por encima de ellos, la soberbia y gallarda dama, que con hábiles y sagaces movimientos recorre todos los campos, también pronta a entregar su vida por su cónyuge, por su país, por ese mundo donde había nacido, para que otros monarcas retomaran la misma absurda guerra.

Desde lo alto de su improvisado cielo, los dos jugadores, dioses del tablero, manejan la disputa, a veces con auténtico odio, embadurnados con el acre rencor que impregna a los acólitos de la media luna y de la cruz, pero normalmente con la única pasión del arte. Con ademán concentrado, trazan el plan para asediar el campamento enemigo y anticiparse al otro. Tensión que emula la de los más severos generales, acaso la del astuto general prusiano o la del taimado emperador corso, y que halla su reflejo en ese sudor nervioso que recorre sus cuerpos, al ritmo que los relojes van descontando los segundos y se va desenlazando el encuentro. Sobre la planilla queda prueba fehaciente de sus cálculos y de sus acechanzas, de sus cañonazos y de esos cruces entre sables y espadas; de esa absurda guerra, entonces simbólica e incruenta.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

15-02-2017.

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