ESE OTRO EXTRAÑO

La barba le había crecido libre y despreocupadamente durante días; se había extendido por las mejillas y las había poblado como las verdes yerbas que se adueñan de los campos salvajes, cubriendo la carne blanquecina que reposaba debajo, ya desprovista de la tersura infantil e inocente, después de que la cuchilla y el transcurso de los años la hubieran lastimado con esos golpes que no admitían una vuelta atrás, como una virginidad perdida. De nuevo se dirigió al espejo, dispuesto a llevar a cabo el mismo ritual. Era un momento que le incomodaba, no tanto por el tiempo que empleaba en la ya habitual ceremonia de higiene, cuando el vello comenzaba a molestarle, o por tratarse de un acto ya rutinario, como por tener que volver a enfrentar su imagen, el rostro de aquél que le mantenía insolentemente la mirada y que de manera desafiante le devolvía todos los gestos. Sabía que no era más que un reflejo, que se trataba de sí mismo, un ser desprovisto de vida, ante quien nada tenía que temer; que cuando acabara su tarea podría darle la espalda al sujeto y alejarse, seguro de que el otro haría lo mismo. Sin embargo, había algo que le atemorizaba; algo que le llevaba a huir de esos ojos castaños que se clavaban en los suyos con esa expresión de una tristeza infinita. Esas pupilas que tantas veces habían sonreído ahora empezaban a apagarse, nubladas por un velo cada vez más tupido, cada vez con menos fuerza. Esas espesas cejas que en su infancia se alzaran joviales, ahora descendían agotadas, sin ilusión, derrumbadas por todo el incontenible peso de toda esa vida que escapaba y ya se había llevado todas sus esperanzas. A su mente acudían instantes de su niñez, cuando correteaba por las calles con sus amigos, ajeno a responsabilidades y a preocupaciones, sin siquiera pensar en el futuro, con esa serenidad de espíritu que tempranamente huiría y le dejaría en el mayor desamparo. Rememoraba nombres de personajes, algunos desgraciadamente célebres por lamentables sucesos, que ya habían fallecido, pero que con su muerte se habían llevado una parte de él, de esa juventud extraviada.

Se miraba al espejo y trataba de recordar su rostro de años atrás, ése del que ya no quedaban más que unas pobres fotografías que ni sabía dónde había guardado. El cabello empezaba a escasearle; las entradas en la cabeza crecían a un ritmo que se le antojaba desorbitado y que le hundía aún más en la añoranza. Las arrugas, aunque todavía incipientes, ya habían hecho su primer acto de presencia en su piel gastada, labrada por la insobornable azada de Cronos. Sus labios, tensos, ahora extrañamente sonreían; una sonrisa forzada que a duras penas conseguían esbozar, aunque lo más habitual era que el intento terminara en una débil mueca, una especie de burla grotesca, empañada de reproche hacia la vida que tanto lo había inundado con su punzante melancolía.

Acercó la maquinilla al nacimiento de la patilla y el bello empezó a caer exánime. Escuchaba abstraído el monótono ruido mientras veía el pelo que se perdía como los años que ya habían transcurrido, y dejaban al descubierto esa otra cara oculta, sólo cubierta por unos pequeños filamentos encanecidos, prueba de esa senectud que inevitablemente se aproximaba. Abrió el grifo y vio desaparecer por el desagüe  las indefensas víctimas de su metralla, como una semana más tarde otras muchas que las acompañarían. Tras ello, apagó la luz del espejo y le dio la espalda al ser desconocido que durante esos minutos lo había observado; a ese ser inerte al que le unía un mutuo desprecio, y a quien no volvería a brindar su imagen durante unos días.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

17-02-2017.

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