ESA DELGADA LÍNEA

Llevaba unas pocas horas recorriendo las frías calles con rápidos pasos, con largas zancadas que lo alejaban de casa y lo conducían a un rumbo incierto, a mezclarse con todas esas personas anónimas que pronto quedaban atrás, perdidas en la oscura noche, olvidadas, felices en ese mundo que había quedado proscrito para él, que sólo podía observar desde una prudente distancia las risas de aquellas parejas satisfechas de sus vidas. Parecía que un cristal grueso e inquebrantable se hubiera interpuesto entre cuantos le rodeaban y él mismo que, absorto en sus pensamientos, incapaz de romper aquella barrera que lo separaba de la dicha, se veía condenado a una perpetua huida; a una huida que a diario lo forzaba a sumergirse en sus adentros para escapar a esa realidad que lo hería con un dolor tan punzante. No podía escapar a esa vida. Paradójicamente, siempre acababa regresando a ella; la agonía de no verla era aún mayor que enfrentarla y sentir en lo más hondo de su alma las afiladas lanzas que le rasgaban el corazón.

Aquella noche era una más; lo sabía muy bien. Descendería por anchas avenidas incendiadas por las luces de neón que procedían de los cafés, amenizadas con el ruido del choque de copas y las carcajadas de toda esa gente, ahogadas por los estruendosos tubos de escape de las motocicletas. No podía evitar cierta curiosidad por conocer el contenido de aquellas conversaciones, por saber qué ocurría en esos mundos que le habían sido vedados. Solía lanzar miradas furtivas, si bien a menudo eran más indiscretas de lo que esperaba, y otros ojos inquisitivos, cargados de reproche por la falta descubierta, se cruzaban con los suyos que, avergonzados, dejaban caer los párpados y se daban a la fuga. Era así como finalmente desembocaba en los viejos barrios, en esa zona apagada y desolada de paredes carcomidas y un viento que parecía más helado que allá de donde venía, cargado de una frigidez mortecina que le golpeaba el ánimo, acaso anunciándole que pronto tendría que tomar ese camino.

Pero durante su trayecto ocurrió algo inesperado cuando se sintió desfallecer; cuando observó que sus miembros a duras penas le respondían y trabajosamente conseguía mantenerse en pie. Faltó poco para que se desmayara, agotado, en esa plaza desierta, con aquella luz cenicienta. Consiguió mantener la compostura y aguantar hasta el regreso, pero le flaqueaban las fuerzas. No era la primera vez que se encontraba en esa situación. Era una sensación extraña la que experimentaba su cuerpo; se sentía liviano, etéreo, asomándose a las puertas de la muerte como unos minutos antes hubiera querido escudriñar las conversaciones ajenas. Sabía que era peligroso tentar a las parcas; que, una vez cruzado el umbral, el túnel se cerraría. Pero necesitaba hacerlo; necesitaba desafiar a la muerte, desafiar a la vida, percibir en su cuerpo esa sensación de abandono, de dejarse llevar. Fue sólo un instante, unos segundos que lo adormecieron en un sueño imperceptible. Se sintió ligero, al tiempo que se abría la delgada rendija del ocaso y volvía a cerrarse sigilosamente.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

19-2-2017.

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