EL OTRO LADO DE LA FRONTERA

No lo había vuelto a ver desde hacía varios años. Su encuentro, como todos los que habían tenido, fue casual e inesperado. Había encaminado sus pasos hacia la parte nueva de la ciudad a aquellas horas de la media tarde, cuando la luz empezaba a languidecer y las gentes abandonaban temporalmente las calles, lo cual le brindaba la posibilidad de ensimismarse sin el peligro de tropezar con nadie, o que los gritos de la muchedumbre lo sacaran de la meditación a la que tanto gustaba entregarse. El otro había emprendido el camino inverso; regresaba y deshacía el trayecto que acababa de empezar el primero, cuando se vieron para gran sorpresa de ambos. Enfrascados en la natural conversación para indagar en la vida del otro después de tanto tiempo separados, pronto concluyeron que en unos breves minutos no era posible abarcar tantos años, y aquél lo invitó a su morada, donde podrían descansar y compartir un par de horas. Él no estaba acostumbrado a trocar sus planes, pero sabía que la posibilidad que se le ofrecía era única; que entonces podría descender a ese mundo que siempre había mirado de reojo, con una mezcla de pavor y admiración, y aceptó sin pensarlo.

Conforme avanzaban, el paisaje se transformaba asombrosamente. Son grandes edificios se convirtieron en casas bajas, a menudo en deplorable estado de conservación, con paredes sucias y carcomidas; las puertas y las ventanas, de madera o de un hierro oxidado, estaban medio rotas, como los cristales de éstas. En aquel punto las carreteras aparecían desiertas, convertidas en apéndices de las calzadas; era raro que un vehículo las transitara. Las gentes se sentaban a las puertas de las casas y hablaban, a veces gritando con gran espontaneidad, sin importarles ser oídos por nadie. Los niños, felices e inocentes, cruzaban la calzada como si estuvieran en un ancho patio y todo les perteneciera. Ahí la gente era sencilla; no albergaba grandes ambiciones y vestía de un modo discreto; sus palabras, su formación, eran restringidas. Era un universo completamente distinto. Pero sabía que ésa sólo era una cara de la moneda; que faltaba la otra, la que nunca se atrevería a explorar, la que se mostraba con la complicidad de la noche, cuando ese paisaje tan idílico se transformaba y hablaban las navajas.

No le sorprendió la casa de su amigo. Tal como esperaba, la halló abarrotada de libros que se distribuían por todas las habitaciones, con la única excepción de cuarto de baño. Era una vivienda tan destartalada como las demás, con muebles viejos y semi rotos y techos altos. El ambiento estaba algo cargado, entre otros motivos por un cierto olor a tabaco y porque ahí las luces presentaban una tonalidad ocre más mortecina de lo habitual, en absoluta consonancia con la pobreza y el espíritu del barrio. El lugar, sin embargo, era acogedor; tenía un halo de romanticismo, de bohemio, que le seducía. Ver a su amigo en aquel lugar tan bucólico, en ese nido de pasiones donde se daban cita el amor y la muerte, le excitaba sobre manera. Ya se encontraba demasiado socializado como para descender a ese mundo y volver a cambiar de vida, renunciando a cuanto había conocido; pero admiraba ese universo, al cual se sentía mucho más cercano que a aquél al que por costumbre pertenecía. Aunque fuera incapaz de residir, sabía que debía regresar allí, al lugar donde habitaba su alma, al otro lado de la frontera.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

28-02-2017.

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