ENTRE LA ESPESA NIEBLA

Le agradaba la triste y melancólica penumbra; recogerse por las noches en el sofá, sobre todo en invierno, cuando las bajas temperatura con pus se conjuraban con el silencio opaco de la madrugada para traerle todos esos recuerdos, para ensimismarlo y hacerle viajar por la fantasía de sus sueños, de esos momentos que anhelaba desde hacía años, algunos de ellos imposibles; otros, desesperadamente lejanos. Se sentaba a oscuras en el sofá con esa intimidad de sentirse rodado por la magia de los genios órficos que inspiraban sus pensamientos y sus reflexiones, mientras miraba a través del balcón con prudente distancia. Se sentía así de algún modo partícipe de ese mundo divino que se dibujaba a través del ventanal; de ese cielo estrellado que a veces se deshacía en una feroz tormenta; otras, en una fina lluvia que caía suavemente, como un pesaroso llanto que tratara de reprimirse con pudor, con vergüenza. Las más de las veces, sin embargo, era una tupida niebla lo que se vertía sobre el paisaje y le emborronaba la visión. El cuadro que se le ofrecía entonces se le presentaba difuminado, como la obra de un pintor impresionista; se descomponía en innumerables puntos, como minúsculas partes de un gigantesco rompecabezas. A lo lejos los semáforos de peatones y los de vehículos se alternaban cada cada pocos segundos. Él los observaba divertido, consciente de cuán intrascendente y absurdo era aquello; cómo la luz verde y la luz roja se sucedían una tras otra en una interminable guerra de fosforescencias en una burda alegoría del sinsentido de la vida. Infinitos lapsos de tiempo que lo adormecían con su lento transcurso, con ese paulatino movimiento que poco a poco derramaba sobre sus párpados el peso de las horas. Él se resistía; trataba de mantener su particular lucha contra el tiempo, por más que supiera que todo era inútil, que saldría derrotado del enfrentamiento contra el terrible titán; pero no le importaba. Sabía que era un comportamiento irracional, que más valía dejarse llevar, abandonarse al descanso; pero no podía evitar esas reacciones, tratar de arañar unos cuantos segundos de vigilia, acaso unos minutos; sentir cómo la bruma que flotaba en el aire hallaba su reflejo en aquélla que ahora se iba extendiendo por sus pupilas. Alguna gélida ráfaga de viento alcanzaba a colarse por las rendijas; él, quieto, la sentía llegar y abalanzarse intrépidamente sobre su cuerpo, acaso como uno de los muchos anticipos que nos depara la muerte. acaso como un ligero aviso para que nos preparemos para el instante último después de haber emprendido todos los proyectos, aunque algunos de ellos fracasaran, y tras derramar todas las lágrimas. Él se estremecía al roce de la húmeda fragancia, pero aún realizaba un enésimo esfuerzo por otear las misteriosas calles, por donde aún deambulaban unas pocas personas. Quería saber qué pasaba por sus mentes; si acaso serían gentes inquietas como él; si gustaban de los momentos solitarios y oscuros de las noches de lluvia; si la melancolía les asaltaba con frecuencia, y la alegría y el dolor se confundían de aquella peculiar manera. Y era así cómo, a menudo, olvidaba el lecho; era así cómo, expectante y meditabundo, el sueño lo abatía con la mirada perdida ente la espesa niebla.

Autor: Javier García Sánchez,

entre las tinieblas de mi soledad,

06-03-2017.

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