UNA GRAN AVENTURA (X). GARCÍA SANABRIA

Contempló el lecho que ante él esperaba con las dotes seductoras de una hermosa mujer y que silenciosamente parecía llamarlo, atrayéndolo con la fuerza con que el poderoso y hechizante canto de las sirenas había hecho enloquecer al astuto Odiseo. Todo su cuerpo se desplomó, abatido, ante un colchón duro que le ofrecía el ansiado descanso, el sueño del que durante tanto tiempo se había visto privado. Se echó sobre él y tapó el rostro con la almohada, flexionando las piernas hasta la altura del pecho, como un niño que buscara instintivamente protección, como un animal que para darse calor se encogiera como un ovillo.

Despertó tarde, pasadas las 12:00. Corrió la cortina para poder gozar de aquella primera luz canaria y saber qué vistas había. Era una vista interior, que daba a unos tejados rojizos, que simulaban la arena del triste y solitario desierto saharaui; pero aún así el sol era intenso y caldeaba la habitación.

Pronto entendió la función de aquella cena que previsoramente había comprado su amiga. Durante la madrugada había vuelto a notar hambre, pero había quedado ahogada por la fuerza del cansancio. Ahora sin embargo, sentía el profundo vacío en el estómago, y comía ávidamente.

Las hamburguesas y las patatas fritas le saciaron el apetito, pero continuaba un tanto adormecido. Después de tantos años tomando café, ese delicioso brebaje había acabado sometiendo toda su resistencia, y lo necesitaba para afrontar el día a día. Salió del hotel desconcertado, necesitando saciar su abstinencia. Puesto que había llegado de noche, no había tenido la oportunidad de apreciar nada; sólo un cartel que anunciaba una academia de inglés. Se encaminó hacia una de las esquinas de la calle, con la esperanza de encontrar a alguien. Por suerte, unas pocas personas pasaron por su lado y le indicaron gentilmente. A escasos metros se encontraba la plaza que más tarde conocería como la Plaza del príncipe, que daría su nombre a un hotel de tres estrellas que tenía enfrente. El sol calcinaba las calles, de modo que decidió sentarse a la sombra, en la terraza de uno de los bares, y pedir un café con leche y el wifi, para avisar a su amiga de que ya había regresado del mundo de los muertos y encontrarse un cuarto de hora más tarde en la puerta del hotel.

Ella habría de llevarlo a casa, mas antes dieron un pequeño paseo por Santa Cruz y le enseñó algunos de los lugares más emblemáticos de la ciudad. Él caminaba atónito, deslumbrado, no ya por el brillante sol que ahí reinaba, sino por el paisaje que a cada metro descubría. Aquel sueño que hacía escasas horas había empezado a hacerse realidad ahora comenzaba a definirse, a tomar forma bajo esas vivas flores que decoraban las aceras, bajo esas montañas que custodiaban la ciudad como majestuosos dioses. Trataba de apresar con la mirada cuanto veía, archivarlo en su memoria; oler el suave aroma, escuchar el melódico acento de las gentes que ante ellos se cruzaban.

Llegaron a un parque que posteriormente conocería como parque García Sanabria, impresionante por sus dimensiones y por la belleza que albergaba. Su nombre era en honor a un alcalde de principios del siglo XX que había modernizado Santa Cruz con el objetivo de convertirla en una capital al estilo de Barcelona o Madrid, pero que en su afán había destruido valioso patrimonio histórico de los primitivos pobladores guanches. Tenía fama, por ejemplo, un precioso reloj de flores que su amiga fotografió -y que aparece como portada de dos de las anteriores crónicas-. Había una fuente de varios chorros que caían mansamente y daban la impresión de una piscina. Frente a ella se sentaron unos minutos a descansar, antes de acabar el recorrido, cuando les sorprendió un perro color canela de grandes dimensiones, de la raza que emplean los miembros de la Once, pero cuyo nombre no recordaban. Se les acercó, alegre y juguetón, por el césped que había a la altura de sus cabezas.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

29-03-2017.

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