UNA GRAN AVENTURA (XIV). ALERTA AMARILLA

Es curioso cómo funciona la mente, la diferencia con la que se percibe el paso del tiempo según las situaciones; lo lento que nos parece, cual un débil y achacoso anciano que difícilmente consigue articular sus oxidadas piernas cuando sufrimos por algún mal ominoso que nos corroe el alma; y lo intrépido y fugaz que huye cuando gozamos, con la inalcanzable velocidad de un experimentado corredor.

Los días con mis amigos transcurrieron con una rapidez inusitada. Disfrutaba de su compañía y me sentía muy cómodo. A pesar de saber que no era posible, mi mente soñadora, romántica -y acaso pueril- deseaba que ese instante fuera eterno, y afrontaba con creciente pánico la sucesión de las jornadas, temiendo no volver a vivir aquello, a pesar de que ya habíamos planeado un futuro reencuentro.

No recuerdo el día; creo que fue el viernes por la noche, pero no puedo asegurarlo. Mi amiga estaba consultando el móvil y vio que se acercaba un frente frío que afectaría a las siete islas; todo el archipiélago estaba en alerta amarilla. La noticia me ilusionó; me hacía ilusión vivir una alerta amarilla. Mi naturaleza salvaje se despertó de repente. Obviamente, para mucha gente el hecho sería algo rutinario, o quizá molesto, cuando no perjudicial, debido a los destrozos que ocasionaría; pero a mí me encantaban esas demostraciones de fortaleza soberbia de la naturaleza, que ya había visto otras veces desde la distancia. Ahora quería vivir aquello en directo. No me importaba que bajaran drásticamente las temperaturas, que diluviara y se abrieran las calles. Si el fenómeno tenía que ocurrir, quería estar presente. Por otra parte, consciente o inconscientemente,  quizá también se escondiera en mí el deseo de que las condiciones climatológicas forzaran un retraso en el vuelo que me obligara a permanecer algunos días más en Santa Cruz.

Al día siguiente, en efecto, la borrasca se dejó sentir de un modo u otro en todas las islas. Nevó en Lanzarote, un hecho sorprendente, pues no nevaba desde hacía cincuenta años; granizó en Gran Canaria, creo recordar; y también granizó en Santa Cruz. El acontecimiento, sin embargo, fue muy fugaz, de apenas unos minutos, y ocurrió hacia mediodía, cuando estábamos en casa. Al poco tiempo el cielo se despejó y volvió a brillar el sol. Eso me molestó. Nuevamente me sentí engañado y burlado por el cosmos. Aquella alerta amarilla quedó en una vulgar tormenta que ni tuvimos oportunidad de percibir. La noticia más sorprendente, sin embargo, la conocimos a la noche: había nevado en el Teide. Bueno, ésa no era la noticia más sorprendente; era habitual que nevara ahí, a 3.000 metros de altura. La noticia más impactante fue que unas ochenta personas se habían quedado atrapadas en el teleférico durante cinco horas debido a una avería, acaso provocada por el temporal, y que una de ellas había tenido que ser atendida por sufrir mal de altura. Por si fuera poco, al averiarse el teleférico, casi doscientas personas habían quedado atrapadas en el refugio, a bajísimas temperaturas, y habían tenido que pasar ahí la noche. Como consecuencia de todo ello se cerraron los accesos al Teide hasta nuevo aviso. Se acababan mis esperanzas de realizar una expedición a aquella majestuosa montaña, la protagonista de una famosa leyenda guanche que expondré en otra crónica. Entre semana, la excursión había quedado imposibilitada por las obligaciones de mis amigos, y ahora era la propia naturaleza la que se oponía a mis deseos. Otro objetivo que quedaría pospuesto para una ulterior visita.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

02-03-2017.

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