EL CANTO DE LA ALONDRA

Se despertó con los primeros cantos de la alondra; una hora demasiado temprana para sus hábitos nocturnos. Se debatió durante varios minutos en el frío lecho, con un incesante rodar de lado a lado, luchando por volver a sumergirse en el sueño. Le pesaba el cuerpo; sentía arder las pupilas, aún con los ojos cerrados, sin fuerzas para zafarse de las sábanas y enfrentar el día que tan prontamente había anunciado el ave madrugadora. Por las rendijas de la persiana se filtraban unas pocas luces, pero ya molestas, que se sumaban a la amable sinfonía que sus oídos en vano pugnaban por rechazar.

Finalmente tuvo que sucumbir a las fuerzas que le llamaban y enfrentar la nueva jornada. Preparó café y subió la persiana. El cielo se presentaba con un azul pálido, blanquecino, todavía perezoso, con los trazos que hubiera querido dibujarle un pintor descuidado y negligente, acaso somnoliento como estaba él mismo en ese instante en que sus párpados entornados apenas alcanzaban de una forma grotesca cuando no caricaturesca, la fina línea del horizonte que se perdía a lo lejos. La moraba fijamente, todavía ensimismado, como tratando de imaginar qué habría, qué gentes vivirían allá; escudriñarlo en lo más profundo de su imaginación, con su alma inquieta, cada pequeña partícula, como si en los átomos que perfilaban tan bella estampa se escondiera su futuro, y con una mirada sagaz pudiera descomponer los colores que tan armónica y sabiamente se habían unido e indagar en el porvenir de su vida.

El violento quejido de la cafetera lo arrancó de su meditación. Vertió un poco en una taza y la llevó a la salita, donde podía beber lenta y calmadamente el delicioso brebaje, con la vista clavada en el balcón. Le gustaba tomar el café a sorbos cortos; mantener entretanto las manos pegadas a la taza y sentir el calor del barniz; luego llevarse las palmas a las mejillas y que el calor se esparciera por la cara. El humo ascendía y le nublaba la visión, ofreciéndole una imagen difuminada del paisaje que afuera le esperaba. Se confundía con esa otra niebla que había sentido apenas unos pocos minutos antes, pero que en realidad todavía flotaba en su mente; los últimos retazos de un sueño que había huido y le había abandonado sin dejarle el menor recuerdo. Se había marchado, como se habían marchado todos sus sueños, como se habían marchado todas sus ilusiones, dejándolo en el frío desconsuelo, frío como el viento que tras los cristales lo aguardaba,

Con los ojos fijos en la espesa humareda, contemplaba el nacimiento del día. Presenciaba el parto de una nueva jornada, cada vez con el ánimo más débil, más entregado. Ya no era el futuro lo que indagaba; no era una pregunta lanzada al aire con labios temblorosos, ni una queja o un reproche por los años transcurridos. Era, más bien, una mirada que buscaba el pasado; una mirada que se hundía en aquellos remotos días en que había conocido la esperanza y había albergado grandes sueños, antes de que se diluyeran, como se diluían al despertar los que le habían devuelto la sonrisa en las madrugadas.

Dejó de salir humo de la taza. Se había demorado más que otras veces. Tomó con cierta desgana los últimos restos del café, ya frío, mientras el sol empezaba a dañarle las pupilas. Apartó la mirada con un violento gesto de rechazo, casi de desprecio. Era la vida, la alegría que comenzaba, que en apenas unas horas sería manifiesta, pero de la cual no `podía participar. Asistía a ese hermoso sentimiento como un intruso, como un desposeído, como alguien que no tuviera derecho a volver a sonreír. Tragó las últimas gotas de café, ahora sazonado con unas pocas lágrimas, las lágrimas de un incipiente llanto, las palabras atormentadas de su alma, mientras callaban los labios.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

17-04-2017.

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