CAMBIO DE PIEL

Abrió los ojos y de repente se encontró dentro de un gran recinto acristalado. El espacio le era vagamente conocido; le daba la impresión de hallarse dentro de un vasto centro comercial, aunque no alcanzaba a ubicarlo; ni tan sólo recordaba haber estado ahí antes. Frente a él, una mujer que parecía reconocerlo le hablaba en un tono indignado, con palabras cargadas de reproche, a pesar de que su mirada desmentía la cólera y le hacía entrever su aprecio, un aprecio que se entremezclaba con aquella rabia y que le daba un toque muy sensual. Él la escuchaba paciente, sin atreverse a cortar su discurso por temor a agravar la situación, aunque seguro en el fondo de que no la perdería.

***

Volvió a abrir los ojos y se encontró en otra habitación con otra gente. Ahora unas cuerdas lo mantenían fuertemente inmovilizado en una silla, mientras un hombre se le acercaba y le explicaba en un tono afable lo que ocurría. No había el menor rastro de resentimiento, y en sus ojos había serenidad y condescendencia. Le decía que él y sus compañeros gustaban de cambiar de piel cada cierto tiempo, y que ésa era la causa por cual ahora necesitaban la suya y la de otros. Decía esto al tiempo que se llevaba una maquinilla a la cara y empezaba a afeitarse; la piel oscura caía en finas tiras y daba lugar a otra más clara. Aterrado, pidió que le dejaran ir al baño. Sabía que su destino era ineludible; que, por más que tratara de huir, no podría escapar a una muerte lenta y dolorosa. Todo, por capricho de unos locos. Aquel lugar estaba altamente vigilado. No obstante, necesitaba pensar algo.

En el baño se encontró con un desconocido que le saludó amigable y despreocupadamente, más pendiente de aliviar su maltratada vejiga que de cualquier otra cosa, a pesar de que él también estaba esperando para que le arrancaran la piel. El escenario era macabro y surrealista. Era absurdo que aquel desgraciado fuera a sufrir el mismo destino y estuviera tan tranquilo.

***

De repente volvió a abrir los ojos y se hallaba nuevamente libre. No sabía cómo, pero había conseguido escapar. Sin embargo, sabía que los otros lo estarían buscando para despellejarlo; que pocos minutos le restaban si continuaba solo. Angustiado, empezó a buscarla. Ella, que poco antes le había reprendido con furia, era la única persona que le podía ayudar; la única persona que lo podía sacar de ese lugar. La bondad que había observado en sus pupilas le aseguraba que haría todo lo posible por protegerlo, pues en el fondo le quería. Mas ahora debía dar con ella.

Empezó a correr nerviosamente por aquel lugar que se bifurcaba en varios pasadizos y galerías, a donde se accedía a través de unas escaleras en penumbra. Tomó una de ellas, siempre muy cauteloso. Ahora sus miradas tenían dos objetivos: por una parte, encontrar a aquella mujer; por otra, detectar a los que lo acechaban para evitar sus pasos. ¿Y ahora por qué pasaba frente a él esa carroza con un juglar cantando? A pesar del pánico pensó en acercarse para echarle unas monedas, pero en el último instante recobró la cordura y se dijo que debía marcharse lo antes posible; que nada de aquello podía ser real. Un juglar que cantaba en una carroza que pasaba por un recinto comercial, en aquel siglo, y unos tipos que querían desollarlo vivo.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

21-04-2017.

6 comentarios en “CAMBIO DE PIEL

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