EL BECARIO DE CARONTE

A la mañana siguiente regresaron al cementerio. Tuvieron la precaución de salir temprano, cuando el aire aún era frío y el paisaje adquiría un tono fantasmal y tétrico, en consonancia con el lugar que iban a visitar. El cielo se presentaba despejado; de modo que, a pesar de su color ceniciento, en apenas una hora iniciaría una pasional cópula con el gran astro y que, como resultado del arrebatador enlace, quedaría bañado por sus cálidos rayos.

Eran las 8:00 cuando entraron en el camposanto. No era habitual hallar moradores por tan tristes tierras, y menos dos tipos de aire circunspecto, ataviados con pantalón y chaqueta negros y camisa blanca, como si pertenecieran a una organización criminal o fueran miembros del gobierno, o ambas cosas a la vez. Quizá fue por ello que el enterrador se quedó observándolos desde lejos con mirada aviesa. Aquel ilustre becario del huraño Caronte los vio acercarse con paso decidido a la vetusta lápida, sin vacilar un segundo en localizar la tumba. Era algo habitual en los familiares de los difuntos, acostumbrados a visitarlos, hasta tal punto que el trayecto se les hacía familiar; ubicaban fácilmente el desdichado mármol, que solía estar decorado con coronas de flores, y se acercaban para sustituirlas y dirigirles unas pocas palabras. Aquella lápida, sin embargo, era un enigma; estaba casi siempre vacía. Sólo una vez en los tres años que llevaba ahí había recibido una visita, hacía unos pocos meses, y las únicas flores que tenía eran las que el viento pudiera arrastrarle, moribundas. Y a los visitantes atípicos que ahora llegaban no los conocía, a pesar de que por su oficio solía reconocer sin dificultad las caras. Recordó haberlos visto la tarde anterior, durante el entierro; entonces los había mirado con la misma indiferencia que a los demás. Le había llamado la atención su indumentaria, pero no le había dado importancia; siempre hay excéntricos. Podían estar ahí por simple curiosidad, para cotejar la esperanza de vida media de la capital, o para hacer un estudio sobre los apellidos más frecuentes o las familias de mayor abolengo, o cuáles eran los tipos de flores favoritos, o si las tumbas eran preferidas a los nichos. No obstante, su presencia había sido fugaz; se habían marchado tan rápidamente, que era imposible que hubieran inventariado nada. En todo caso, continuó con su oficio. Pero ahora volví a verlos con esos uniformes, y a esas horas tan tempranas. Cuando los muertos lo dejaban tranquilo, eran dos individuos que parecían ansiosos por pagarle su óbolo los que le perturbaban la paz. Su nariz aguileña parecía olfatear el aire de aquella mañana mientras seguía sus movimientos, mientras los escrutaba antes de tomar una decisión.

Carlos y Ernesto se agacharon junto a la lápida. Era una actitud que bien podía interpretarse como inquisitiva o como reverencial, viendo cómo abrazaban la losa con una especie de cariño maternal. Indagaron por los alrededores, pero debían de haber limpiado durante aquel día de intervalo. En la lápida, sin embargo, había restos de ceniza y bordes quemados.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

23-04-2017.

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