ESE SER MISTERIOSO

Eran varios los nombres que habían revestido la personalidad de tan singular poeta. Al principio lo había conocido de manera indirecta, a través del elogio que le hiciera uno de sus discípulos en una de sus novelas, apelándolo con una de sus identidades. Años más tarde, mordido por la curiosidad, dio con aquel famoso libro que mencionaba los tormentos de un alma inquieta; las dudas y los desengaños de un ser que se había sentido traicionado por el mundo, azotado por duras reflexiones. Emocionado ante la sorpresa de haberlo localizado, inmediatamente lo adquirió y se sumergió en aquellas páginas, que al instante lo atraparon. En aquel grueso volumen podía apreciar no sólo una literatura preciosa, con un estilo impecable que huía de la sencillez y le obligaba a mantener una atención constante; sino una complejidad de pensamiento donde podía hallar su propio sentir, sus propias meditaciones que tantas veces tuviera y que nunca supiera plasmar sobre el papel de una manera tan bella.

Entonces leyó con vivo entusiasmo aquellas desasosegadas letras, unas letras que le dejaron un hambre voraz e insaciable. Creía ver en cada línea a aquel controvertido lisboesta paseando por las calles de su tierra lusitana con su aire abstraído, ajeno a cuantos le rodeaban, acaso con un oculto sentimiento de superioridad, o quizá incluso de megalomanía. Era ésa una faceta suya que había descubierto recientemente, al leer su biografía; su pensamiento místico, que le había llevado a verse a sí miso como el sucesor de Camôes, el que lideraría las artes portuguesas y devolvería el esplendor a su país, acaso como el esperado regreso del legendario rey que se perdió en el Norte de África, y cuya vuelta sus seguidores aún aguardan.

En aquel caso, tenía la impresión de que este escrúpulo de vanidad todavía le sedujo más. Lo interpretó como el arrebato de locura de un genio. Ese modo de razonar, combinado con las ideas tan inquietas, tan atormentadas y tan profundas que había leído en aquella magna obra, envolvía a su autor en un aura de misterio que lo subyugaba. Se preguntaba si en realidad era ésa su personalidad, o si se trataba de un personaje que él mismo se había creado; si él mismo había acabado por convertirse en alguno de los célebres heterónimos que tantas veces lo encubrieran. En qué punto acababa el poeta y nacía el personaje.

Posteriormente dio con sus poemas. Leyó sus odas y las que compusiera bajo el alter ego al que su alumno homenaje rindiera, así como los poemas metafísicos que se hallaban tras la sombra de otros dos nombres. A través de sus versos sentía estremecerse todo su cuerpo, inquieto y apenado por unas reflexiones que le entristecían y lo devolvían al desasosiego de aquel libro. Pero, al mismo tiempo, notaba que necesitaba leerlo, que debía continuar, que tenía que devorar aquellos poemas. Era una mezcla de dolor y de placer lo que sentía cuando se adentraba en el mundo de aquel ser tan misterioso, aquel ser solitario y enfermizo, un genio que falleció temprano, como muchos genios.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

03-05-2017.

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