EMPRESAS Y TRIBULACIONES DE MAQROLL EL GAVIERO

Hacía unos meses me había leído Abdul Bashur, soñador de navíos, una de las grandes obras de Álvaro Mutis, la cual se centraba en el gran amigo de Maqroll el Gaviero. Cuando en su día la adquirí a mi amigo librero tuve la posibilidad de comprarle la saga completa -toda la cual se titula Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero-, pero, al desconocer al autor, no quise arriesgar la suma que ello significaba. Sin embargo, una vez leí la primera obra, quedé tan satisfecho, que me propuse leer más libros suyos.
Tal como pude leer en el prólogo a la primera novela, Mutis ejerció alguna influencia en García Márquez, aunque en realidad son contemporáneos, además de compatriotas; el primero sólo es tres años mayor que el segundo, y ambos pasaron buena parte de su vida en México. Hay constantes dedicatorias de uno a otro, prueba del aprecio que se tenían. De hecho, en la obra de Mutis, García Márquez es mencionado como amigo de Maqroll; y cuando en 1992 el primero recibió el Premio Cervantes, el segundo declaró que le llegaba con varias décadas de retraso.
Sin embargo, es notoria la influencia. El tema de la soledad, tan presente y redundante en Cien años de soledad, es el que se ocupa de Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, un personaje que es incapaz de echar raíces y que pierde todo y a todos a quienes aprecia. Por ello se me hizo una novela dura, pero también muy interesante, debido a las reflexiones que encierra y a su bello estilo.
Otro aspecto interesante es la estructura de la novela, que hace continuos guiños a anécdotas que se mencionan en otros puntos de la misma y le confiere así un mayor tinte de realidad. El comienzo, sin ir más lejos, me recordó a El Quijote; pues el propio narrador de la historia encuentra en una librería por casualidad, dentro de un libro, los diarios que escribiera el propio Maqroll durante sus viajes, y ello le sirve para iniciar el relato.
Ya no me enrollo más. Ahí van unos fragmentos:

Los informes que tenía indicaban que buena parte del río eran navegable hasta llegar al pie de la cordillera. No es así, desde luego. Vamos en un lanchón de quilla plana movido por un motor diésel que lucha con asmática terquedad contra la corriente. En la proa hay un techo de lona sostenido por soportes de hierro de la que penden hamacas, dos a babor y dos a estribor. El resto del pasaje, cuando hay, se amontona en mitad de la embarcación, sobre un piso de hojas de palma que protege a los viajeros del calor que despiden las planchas de metal. Sus pasos retumban en el vacío de la cala con un eco fantasmal y grotesco.

Como siempre sucede, hasta hoy no han comenzado a desvelarse las posibles claves de esas visitaciones que tuve durante la siesta de ayer. Son mis viejos demonios, los fantasmas ya rancios que, con los diversos ropajes, con distinto lenguaje, con nueva malicia escénica, suelen presentarse para recordarme las constantes que tejen mi destino: el vivir en un tiempo por completo extraño a mis intereses y a mis gustos, la familiaridad con el irse muriendo como oficio esencial de cada día, la condición que tiene para mí el universo de lo erótico, siempre implícito en dicho oficio, un continuo desplazarme hacia el pasado, procurando el lugar y el momento adecuados en donde hubiera cobrado sentido mi vida y una muy peculiar costumbre de consultar constantemente la naturaleza, sus presencias, sus transformaciones, sus trampas, sus ocultas voces a las que, sin embargo, confío plenamente la decisión de mis perplejidades, el veredicto sobre mis actos, tan gratuitos, en apariencia, pero siempre tan obedientes a esos llamados.

El mero hecho de meditar sobre todo esto me ha proporcionado a apacible aceptación del presente, que se me ocurría tan confuso y tan poco afín a mis asuntos. Por un simple error de perspectiva, sucedía que lo estaba examinando sin tener en cuenta ciertos elementos familiares que los sueños de ayer hicieron evidentes. Allí estaban y no habían sido desentrañados. Estoy tan acostumbrado a esa clave augural de mis sueños, que aún sin descifrar todavía su mensaje, ya empiezo a sentir su acción bienechora y sedante.

Todo esto apenas lo registro en la superficie casi impersonal de mi atención. Como siempre me sucede después de la visita de los sueños reveladores, he caído en un estado de marginal indiferencia, al borde de un sordo pánico. Lo percibo como un inevitable atentado contra mi ser, contra las fuerzas

que lo sostienen, contra la precaria y vana esperanza, pero esperanza al fin, de que algún día las cosas serán mejore y todo comenzará a resultar bien. Me he familiarizado tanto con estos breves períodos de peligrosa neutralidad, que sé que lo mejor es no someterlos a examen. Con ello sólo conseguiría prolongarlos, a semejanza de la sobredosis de un medicamento tomado por inadvertencia, cuyo efecto sólo pasará cuando el cuerpo asimile el agente extraño que lo intoxica.

Perdí por completo la idea del curso del tiempo. El día y la noche se mezclaban a veces vertiginosamente. En ocasiones, uno u otra se quedaban detenidos en una eternidad que no intentaba comprender. Los rostros que se acercaban a mirarme me resultaba por completo ajenos, bañados en una luz opalina que les daba el aspecto de criaturas de un mundo ignoto. Tuve pesadillas atroces, relacionadas siempre con las esquinas del techo y el ensamble de las láminas de zinc. Intentaba encajar una esquina en otra, modificando la estructura de los soportes o emparejar los remaches que unían las láminas en forma que no tuvieran la menor variación o irregularidad. En esas tareas ponía toda la fuerza d una voluntad hecha de fiebre y maníaca obsesión, repetidas en serie interminable. Era como si la mente se hubiera detenido de improviso en un proceso elemental de familiarización con el espacio circundante. Proceso que, en la vida diaria, ni siquiera registra la conciencia, pero que ahora se convertía en el único fin, en la razón última, necesaria, inapelable, de mi existencia. Es decir, que yo no era sino eso, y sólo para eso seguía vivo. A medida que tales obsesiones se prolongaban y se hacían más regulares y, a la vez, más elementales, iba cayendo en un irreversible estado de locura, en una inerte demencia minera en donde el ser o, más, bien, lo que había sido, se disolvía con una rapidez incontrolable. Cuando ahora trato de relatar lo que entonces padecía, me doy cuenta de que la palabras no alcanzan a cubrir completamente el sentido que quiero darles. ¿Cómo explicar, por ejemplo, el pánico helado con que observaba esta monstruosa simplificación de mis facultades y la inconmensurable extensión del tiempo vivido en tal suplicio? Es imposible describirlo. Simplemente porque, en cierta forma, es extraño y por entero opuesto a lo que solemos creer que es nuestra conciencia o la de nuestros semejantes. Nos convertimos, no en otro ser, sino en otra cosa, en un compacto mineral hecho de aristas interiores que se multiplican en forma infinita y cuyo registro y recuento constituyen la razón misma de nuestro durar en el tiempo.

07-05-2017/23-05-2017

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