BABEL

Me duele oír críticas con relativa frecuencia hacia los musulmanes. Son críticas basadas en el odio, un odio surgido a raíz de los ataques terroristas sufridos en Occidente en los últimos meses; pero también es un odio que tiene como importante fuente de apoyo la ignorancia.

Quienes así sienten generalizan, cegados por la cólera; condenan de antemano a todos los que proceden de esta etnia, y olvidan la gran importancia que tiene el fundamentalismo religioso, que lleva a cientos de personas a sacrificar la propia vida en espera de una gloria eterna. Pero quien así obra es porque se siente desesperado; porque en esta vida siente que lo ha perdido todo; siente que está rodeado de miseria y de penalidades; que el imperio invade su país o los países vecinos y los arrasa impunemente; que se apropia de su petróleo y le impone unas condiciones económicas draconianas a través de organismos internacionales controlados por las grandes potencias; o establece gobiernos corruptos que estrangulan a sus propios pueblos a cambio de participar en el cruel reparto.

Es una desesperación, por tanto, que se une a la incultura y al desconocimiento. La gente durante mucho tiempo ha visto su salvación en la religión, presente en las sociedades cristiana y musulmana, y en muchas ocasiones controlando la educación. Ambas religiones exigen fidelidad a su dios y garantizan un mundo de bienaventuranza después de esta vida. Es la recompensa ansiada a todas las penurias de nuestra existencia; la felicidad eterna.

Es tal el contraste entre ese mundo de fantasía que gratuitamente se promete y este mundo tan opresivo y desesperante, que muchos ceden a la tentación de quitarse la vida y llevarse por delante la de muchas otras personas. Pero en esa acción hay que ver una mezcla de incultura y de desesperación. La solución no se halla en el cierre de fronteras ni en la guerra, que sólo conduce a una escalada interminable del número de víctimas, sino en atajar el problema de raíz; y ello significa dejar de oprimir a esas naciones; dejar de robarles sus recursos y de imponerles dictadores; dejar de arrasar sus pueblos, violar a sus mujeres y asesinar a sus niños.

Vivo en una zona pobre, y la verdad es que me siento muy afortunado. Me encanta ver gente de etnia árabe, negra o china al salir de casa. No me importa que no pueda entablar diálogo con nadie; ser un ser invisible para todas esas personas, o no tener nada que ver con ellas. Lo que me apasiona es la diversidad; poder compartir y convivir. Y, si ellos han abandonado sus países para encontrar una vida mejor, no ha sido por gusto. Nadie deja atrás su tierra con gusto ni busca colonizar algo que, por otra parte, a nadie pertenece. Uno nace por accidente en uno u otro sitio; pero eso no le da más derecho que a otras personas. Y si esas personas, además, se encuentras oprimidas en sus países por el Estado que las recibe, tanto más motivo tienen de habitarlo, puesto que es responsable. Dejémonos de odios y convivamos como hermanos. Amemos la diversidad.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

06-06-2017.

Anuncios

2 comentarios en “BABEL

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s