PASIÓN CELESTIAL

Escrito presentado a reto del grupo Literatura, artes, ciencia, erotismo y humor, sólo para mentes abiertas.

Todos los vientos habían sido convocados para aquella singular cita; vientos fríos y raudos, que cruzaban veloces el ancho cielo con los pies ligeros que permitieran al Pelida aniquilar la poderosa Ilión, subyugada por el peso de su implacable cólera tras la muerte de su amado, que él habría de vengar aunque ello le costara la vida. Éstos fueron los primeros en llegar. Tuvieron que esperar al resto con impacientes vueltas en círculo; un nervioso deambular que se les hacía eterno.

Luego venían unos vientos ásperos, cargados de tierra rojiza y candente; minúsculos granos de arena que por momentos parecían mezclarse y tomar diversas formas, cual si fueran un enjambre de avispas en misión exploradora, o cual si estuvieran dispuestas a lanzar un bravo ataque. Llegaban a formar una masa compacta que ralentizaba los movimientos de estos aires, que se desplazaban con grandes esfuerzos por salvar tan largas distancias y desprenderse de su peso.

Allá, mucho más lejos, venían los últimos vientos, los más rezagados, más por perezosos y somnolientos que por sentirse carentes de fuerzas. Sabían que la velocidad poco importaba; que no era cuestión de llegar pronto, sino de gozar del camino; disfrutar de los paisajes que atravesaban antes de mezclarse con sus compañeros; aprovechar el instante presente antes que luchar por aplazar indefinidamente la dicha. Era la suya la actitud del astuto Odiseo, el de los muchos recursos, que con su ingenio consiguió abrir las murallas troyanas y arrasar tan prósperas tierras para desgracia de tan valerosas familias.

Por fin reunidos, los vientos se dispusieron a aquella lujuriosa danza; a aquel baile donde cada movimiento encerraba una sonrisa lasciva, una mirada de deseo. Se tanteaban taimadamente, cual fieros leones que midieran sus fuerzas antes de lanzarse al ataque, mientras el firmamento se oscurecía con nubes temerarias que tronaban con gritos desgarradores cuando sangrantes rayos las herían y hacían nacer un resplandor, tan brillante como fugaz, que por breves segundos esparcía una luz cegadora que iluminaba el cielo ennegrecido.

Frías gotas empezaron a desprenderse pronto de las pesadas nubes, con fuerza que evidenciaba el furor con el que se precipitaban por tanto deseo contenido. Los vientos, que al principio ocultaran sus intenciones, también se abrazaron; unieron sus labios y saborearon sus bocas; se deshicieron en interminables caricias y dieron rienda suelta a todas sus pasiones.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

09-06-2017.

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