ECOS DEL PASADO

Nuevamente se produjo un viraje en sus trayectos cotidianos. Le ocurría de manera automática, en función de la época de año, sin que se percatara de ello. Como si sus instintos gobernaran sobre su alma y dirigieran sus pasos de una manera que se le escapaba por completo, modificaba el itinerario con regular frecuencia, la que necesitaba para mantener la entereza de su débil espíritu, que deambulaba por diversos lugares en busca de un sosiego inestable, pronto a desaparecer en el instante más inesperado. Y es que éste estaba sostenido sobre cimientos muy frágiles, que se tambaleaban a cada segundo, mientras le mostraban el abismo que ahí le esperaba, a donde caería en el momento menos pensado.

Era así cómo al final había acabado regresando a la playa, como todos los años. Mas no era éste el hecho que más le seducía de haber trastocado sus planes, sino todo lo que ello implicaba. Antes de arribar a aquel desierto bañado por el mar, debía cruzar por una serie de calles llenas de historia; un antiguo pueblo de pescadores que en el XIX había sido absorbido por la capital. Conservaba en su propio nombre la estructura de aquellas viviendas sencillas; casas bajas, a menudo construidas sobre piedra y adobe, donde moraban gentes igualmente sencillas; gentes que se desentendían de los grandes problemas y vivían en comunidad, sintiendo el arrullo del mar y la suave caricia de la brisa a escasos metros; ese aire fresco que aliviaba del calor estival y traía la fragancia de las profundidades oceánicas. Gentes que, en aquel apartado reducto, conservaban el uso de aquella lengua que paulatinamente desaparecía, quedando reducida al ámbito rural, que la mantenía como una reliquia, cada vez más acorralada, y que por ello le cautivaba tanto.

Todo lo que rezumaba historia, como el idioma que ahí resistía numantinamente; o como aquellas viviendas, algunas de las cuales estaban en ruinas, otras derruidas, le seducía. De vez en cuando entraba a algún solar y contemplaba los matojos de hierbas que crecían en el suelo, o los graffiti que había pintados en las paredes. Su imaginación volaba entonces; creía ver ahí pintadas las ilusiones que antaño despertara la ansiada República, e incluso carteles que llamaban a la resistencia contra el bando golpista; fantaseaba con las vidas de los millones de personas que habrían habitado aquellos parajes durante el último siglo, llenas cada una de ellas de múltiples historias. Esa aldea se conservaba como una isla, donde el progreso penetraba muy lentamente, debido a la negligencia y a la desidia del ayuntamiento, que por décadas se había olvidado de esa parte de sus ciudadanos.

Ahora, cuando pasaba frente a tales escombros; cuando miraba a todas aquellas personas que en sus rostros parecían esconder los de sus antepasados, le embargaba un sentimiento de dicha y de congoja a un tiempo, por asistir a los vestigios de un pasado perdido. De nuevo regresaba a sus nostalgias. Era ése el carácter que le había llevado a estudiar Historia, la pasión por lo imposible, aquello que perseguiría siempre con ahínco, tratando de apresarlo, pero sin llegar nunca a asirlo. Había sido siempre el motor de su vida, el deseo insatisfecho, el ansia de conocimiento; pero, al mismo tiempo, el fino cosquilleo que le producía en el alma saber que nunca podría satisfacer plenamente sus dudas; una curiosidad que, siempre abierta, estaba siempre viva.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

27-06-2017.

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