UN AMOR IMPOSIBLE

Una lánguida vela, posada en medio de la mesa circular, iluminaba la estancia con su luz débil y mortecina, que embadurnaba las vetustas paredes de la vivienda de un color enfermizo y febril. La cera se desprendía exánime del cirio y se amontonaba sobre el platillo, todavía hirviendo, mientras se extinguía su último soplo de vida.

Con su mirada intensa intensa, apoyados los brazos y las manos sobre la mesa, como queriendo dar con ello mayor fuerza a sus palabras, él la observaba con expresión suplicante. Ella, sonriente, una pierna sobre la otra, con el cuerpo hacia atrás, lo contemplaba relajada, acaso divertida con la zozobra que embargaba a aquél; lo veía excitado, nervioso, presa de la desesperación. La vela contribuía a remarcar los contrastes de uno y otro rostro: el de él, pálido, con los ojos desorbitados e inflamados; el de ella, lozano, de piel tostada, con los párpados entornados, emulando la dulzura que se desprendía de sus labios.

-¡Llévame contigo! -Gritó él nuevamente, con tono suplicante.

-No puedo. Todavía no.

-¿Y por qué no? -Insistió él, angustiado.- La gente huye de ti, te aborrece, te teme, y tú insistes en apresarlos a todos. ¡Yo, en cambio, te pido que me lleves contigo y te niegas a concederme ese favor! ¡No hay quien te entienda!

-No quiero que me entiendas -respondió ella lacónicamente, sin perder el sosiego, con voz timbrada-.

-Necesito que me des una razón -Insistía él-.

-Sería demasiado fácil. ¿A tus años aún no has aprendido nada de las relaciones humanas? A menudo, cuando una persona demuestra un interés demasiado fuerte por otra pierde, pierde el posible atractivo que pudiera tener a los ojos de ésta. La gente es así de complicada; le gusta luchar, porque así adquiere el convencimiento que ambiciona realmente tiene mucho valor; y, cuando lo consigue, siente mayor placer por haber consumado su hazaña.

Dijo esto mientras llevaba las manos al bolso que tenía apoyado en el regazo y extraía un paquete de tabaco; se llevó un cigarrillo a los labios y lo encendió. En el momento de dar la calada se apagó la vela. Ella -o, mejor dicho, el armazón de aquel cuerpo, se iluminó. Ante aquel fondo oscuro apareció aquel esqueleto envuelto en un haz de fosforescencia, con una calavera que esbozaba una sonrisa macabra, con el cigarrillo apretado entre los dientes. Él había abandonado su semblante descompuesto; ahora la miraba serio, resentido.

-¿No te asustas de verme ahora? -Preguntó ella, risueña? La vela había vuelto a encenderse.

-No; en absoluto. Tu imagen ya la conocía, y por eso te llamo a diario.

Diciendo esto se abalanzó sobre ella que, sin embargo, se apartó veloz. En tono pausado, comprensiva y conciliadora, le dijo:

-No puedes cogerme a menos que yo lo quiera. Es inútil que intentes nada. Sentámonos y prosigamos la charla, si quieres.

Volvieron a sentarse. Ella, con su pose relajada, una pierna sobre la otra; él, tenso, reclinado sobre la mesa.

-Te llevas ancianos, jóvenes y niños con el cuerpo enfermo y mutilado, pero con el alma vigorosa. En cambio, a aquéllos que tenemos el espíritu afligido nos dejas hasta que se nos desgastan los órganos.¿Por qué lo haces?

Con un tono serio que no había mostrado hasta el momento, ella respondió:

-Ya te dije que no me gustan las cosas fáciles. ¿Quieres que te lleve conmigo? Demuéstrame lo que vales. Si ahora tengo miramientos contigo es porque quiero que hagas algo útil para ganarte mis favores. Es tan fácil como ignorarme; dejar de llamarme y de pensarme. ¡Hijo! ¡Te me haces tan pesado cuando a las cinco de la mañana me despiertan tus lloros! -Exclamó en un tono humorístico y maternal- ¡Así no hay quién te aguante!

Había conseguido serenarse. Trataba de mantener una conversación razonable y escuchaba con atención las palabras que ella le decía con esa mezcla de ternura y de reproche.

-Pero, entonces, ¿quieres decirme que cuando alguien muere es porque verdaderamente le has seducido? ¿Aún cuando perecen en medio de lamentos?

-Querido -dijo ella con una sonrisa condescendiente-, ya te he dicho que los humanos sois muy contradictorios; y no sólo los humanos, sino todos los seres vivos. Por lo que a tu especie se refiere, ¿cuántas veces has tenido que elegir entre dos comidas que te gustan ¿o te han propuesto dos planes interesantes para un mismo día y has tenido que sacrificar uno de ellos. Del mismo modo, cuando el dolor físico es insoportable, por más que las gentes se sientan atraídas por la vida, también aman la muerte, y al final acabo venciendo. En el dilema que se les plantea tengo muchos más atractivos.

Él sonrió por primera vez.

-¿Es ésa tu verdadera apariencia? -Preguntó. Ella, no pudo reprimir una sonora carcajada. Complacida por la ternura del joven, daba largas caladas al cigarrillo mientras demoraba la respuesta. Por fin dijo:

-Si me preguntas eso, es porque eres mucho más ingenuo de lo que me esperaba. Los seres humanos, con vuestra inmensa soberbia y vuestro antropocentrismo, habéis conferido formas humanas a las entidades sobrenaturales; y, yendo más lejos en vuestro afán de discriminar y de imponer jerarquías, habéis establecido que el mundo lo rige un ser masculino;  y que la muerte, por ejemplo, es una mujer anciana, horrible y desdentada. Cruel, para más señas. Aún suerte que el rival de vuestro creador es otro hombre, y no una mujer. Claro, que esto también se explica por el propio machismo. Si vuestro creador es masculino, ¿qué mérito tiene que se imponga a una mujer? Su antagonista ha de ser alguien poderoso. Por otra parte, a la mujer siempre se la hace responsable de todas las desgracias del hombre. La diosa Discordia y la hermosa Helena llevaron la perdición a Troya y a la Hélade, según la mitología griega; y, según la religión judeo cristiana, Eva tentó a Adán, y fue así cómo fuisteis expulsados del paraíso; y el diablo se encarna en formas femeninas.

Desconcertado por este discurso, él la seguía mirando muy atento.

-Entonces, ¿cómo eres?

-Como tú quieras que sea; o como quiera la mujer que vive en el campo en Somalia. Me es indiferente. Adopto la forma conveniente.

-Pues me gusta la forma que escogiste para hablar conmigo. Aunque seas inmaterial y ese cuerpo pura ilusión, acaso perteneciente a uno de tus antiguos amores, para mí eres una mujer muy bonita.

Dijo él con las pupilas embriagadas, soñadoras, acaso medio adormecido. Ella, bondadosa, dio la última calada a su cigarrillo y lo aplastó en el plato, junto a la cera candente del difunto cirio. Entonces descruzó las piernas y se incorporó levemente, acercando el cuerpo al muchacho; posó las manos en sus mejillas y le dio un prolongado beso en los labios, mientras él exhalaba su último suspiro.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

12-07-2017.

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